Por LEONARDO L. TAVANI
Calificación: Regular ★★
No
invento nada nuevo, y de hecho decenas de críticos lo han dicho mejor y mucho
antes, si afirmo que la más ínfima película del Hollywood dorado (entre la
década de los ‘30s hasta la de los ‘50s incluida) tenía, per se, muchísimo más
contenido, “discurso” y una mirada clara acerca del mundo que cualquiera de las
bazofias que pasan cada jueves por nuestras salas. Lo mismo ha ocurrido con
productores y directores. En una era en que la información, los contenidos y
los propios clásicos están a disposición de cualquiera y casi sin costo alguno,
en un tiempo en que las academias de cine se cuentan de a miles (o cientos de
miles) y poseen más de 120 años en bagajes de conocimientos y experiencia, pues
en esta era, precisamente, muchos directores parecen imbéciles con infantilismo
cerebral, incapaces de imitar siquiera la “compleja” sencillez con que hacían
arte tipos como John Ford, Howard Hawks o George Stevens, por no citar a
Hitchcock y cía. Lamentablemente, el inglés Guy Ritchie, famoso por haberse
casado con Madonna y haber mantenido la relación “más extensa” de la diva pop,
parece haber olvidado —hace tiempo— cualquier lección acerca de cinematografía
que hubiera recibido en su inútil vida.
