Por Leonardo L. Tavani
Calificación: Buena ★★★
El Misterio
de Soho (Last Night in Soho)
es una película bifronte; aquella que imaginó su director y coguionista, Edgard
Wright (Shaun of the Dead; Hot Fuzz; Baby Driver), y la otra,
la que finalmente vio la luz este último jueves. La vara estaba muy alta porque
el director, guionista, productor y actor británico tiene un don natural para
la ironía y el sarcasmo, un estilo visual muy definido (junto a un sentido
estético admirable, por cierto) y un confeso amor por la década de los ‘60s y
su cultura. Si bien Cruella es una gran película (subvalorada por muchos, pero muy
por encima de las expectativas generales), si Wright hubiera sido su director
habría sido todavía mucho mejor. Es contra fáctico, lo sabemos, pero no deja de
ser un juego especulativo perfectamente válido. Ahora bien, esta cruza entre
thriller psicológico, giallo y horror metafísico ambientado en el mundo de la
moda del Swingin’ London —Carnaby Street con toda su magia sesentona a la
cabeza— debería explotar con toda su locura apenas pasado el primer acto, pero lo
cierto es que nunca lo hace. O lo hace a medias, lo que es todavía mucho peor.
Veamos por qué.


