Por LEONARDO L. TAVANI
Calificación: Regular ★★
Por LEONARDO L. TAVANI
Calificación: Regular ★★
Por LEONARDO L. TAVANI
Calificación: Buena ★★★
Quienes lean mi artículo acerca de Daredevil, la brillante serie original de Netflix (3 temporadas repartidas entre 2015 y 2018, más la participación del personaje en la miniserie The Defenders, cuyos eventos repercutieron directamente en la trama de la tercera y última temporada de 2018), todo un tratado metafísico y filosófico acerca de la naturaleza del héroe, el mal y el concepto nihilista del súper-hombre (que se derivaba del visionado y/o lectura de aquella magnífica serie), comprenderán perfectamente mi decepción al ver los primeros episodios —o más bien, la primera mitad— de Daredevil: Born Again, la nueva serie de Disney Plus/ Marvel Televisión. La original había sido creada y supervisada por el talentoso Drew Goddard, y sus showrunners fueron Douglas Petrie, Marco Ramírez y Erik Oleson, además del primero. Junto a parte del equipo de Marvel Productions que aun no había sido despedido por la fusión con Disney, Daredevil y la impactante Jessica Jones conformaron dos de los mejores productos basados en cómics de superhéroes jamás vistos. Oscuras, adultas, cero complacientes, complejas; presentaban villanos (y al “Gran Villano”: Wilson Fisk, the Kingpin, aún hoy interpretado por el enorme Vincent D’Onofrio) que si bien tenían un pasado tortuoso y motivos suficientes para desplegar su sicopatía, todavía no eran “disculpados” en su maldad achacándosela al egoísmo y “monstruosidad” de la sociedad occidental, cristiana, abierta y con economía de libre mercado. Quizás eso ya estaba pasando en cines, pero este tándem de series para Netflix, que luego Disney le arrebató por completo a la empresa incautándolas para su propio catálogo y discontinuándolas, todavía creían en el mal como mal puro, sin excusas ni cortapisas, y en el bien como algo deseable pero difícil de llevar a cabo y siempre lleno de trampas y tentaciones. Fue demasiado bueno como para que durara; y no duró. Pero lo que quedó grabado, resultó épico.
Por LEONARDO L. TAVANI
Calificación: Muy Buena ★★★★
En lo que respecta al mundo del espectáculo hablado en inglés (y también en francés y alemán, por sumar dos muy potentes), a los críticos hispanoparlantes nos ocurre que tenemos que mencionar permanentemente a productores, guionistas y directores con una familiaridad por completo desmentida por múltiples variables, tales como la distancia geográfica, el hecho de que pocos entre nosotros se vuelven “cronistas” de algún medio importante, de modo que la mayoría en el oficio jamás viajó ni viajará a festival alguno ni tendrá la chance de reportearlos, más un largo etcétera. Y créanme, a veces siento que sonamos pedantes, como si afirmáramos cosas tales como “Lana Wachowsky, con quien el jueves pasado comí unas tapas en un coqueto bar barcelonés, me confió al oído tal cosa acerca de su próxima producción”. ¿A dónde voy con todo esto, entonces? Pues que me veo obligado a hablar largo y tupido acerca de los hermanos Duffer, y la verdad que ni yo mismo ni casi ningún otro colega (salvo excepciones) los conoce ni los vio de cerca una mísera vez en la vida. Puedo especular acerca de cuáles eran sus intenciones a la hora de crear Stranger Things, puedo marcar sus evidentes errores a partir de la tercera temporada (la ‘dos’ ya tenía algunos, pero se disimularon muy bien), y puedo certificar su bienvenido esfuerzo por reencauzar la serie en esta parte final de una temporada “mmuuuyyyyyy” desigual; pero sé sobre ellos tanto como afirma la siempre dudosa Wikypedia o cualquier otro sitio análogo. Si tengo que hablar acerca de Hal B. Wallis (1898-1986), verdadero factótum del poderío de la Warner durante la época de oro y luego, ya en su madurez, de la Paramount, es como si lo hiciera sobre mi tío Pepe. No tengo ni tuve ningún tío Pepe, me entienden, pero no hay que ser “historiador del cine” para sentir que uno conoció en carne y hueso a estas leyendas. Nací, y ya en la sillita para bebés de mimbre en que mi madre me colocaba, estaba frente al viejo televisor blanco y negro viendo desfilar Casablanca, El Capitán Blood, Alta Sierra y tantas otras surgidas de su pulso de productor ejemplar. Ni hacía falta bibliografía para saber y entender todo acerca de estas glorias del Hollywood dorado. Pero… ¿qué diantres sé yo acerca de los Duffer? ¿Cómo diablos me meto en sus cabezas para entender por qué tomaron tales decisiones y no otras? Solo puedo especular, en definitiva; y es lo que haré, aunque no me dan demasiadas ganas.
Por Leonardo L. Tavani
En este inesperado regreso a mi blog
trataré de ser lo más breve y conciso posible. La noticia, cortesía de la
página web del Diario La Nación (https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/cine/como-es-el-dracula-romantico-de-luc-besson-quien-es-su-gary-oldman-y-el-invento-del-conde-que-atrae-nid11082025/),
es clara y escueta: el próximo jueves 14 del presente mes de agosto se
estrenará en los cines locales la nueva peli del francés Luc Besson, “Drácula:
A Love Tale”, nueva e IN-NE-CE-SA-RIA adaptación de la fantástica e inmortal novela
de Bram Stoker (ver mi artículo acerca de “Drácula en el Cine” https://elcineporasalto.blogspot.com/search?q=dracula+en+el+cine).
Ahora bien, convirtiéndola en un cuentito moral y, por sobre todo, en una
historia de amor cruzada por el horror, Besson afirma sin ruborizarse que
releyó esta vez la novela con mayor atención que nunca (nótese, dice “releyó”),
y que ello lo llevó a advertir que era una historia profundamente romántica, en
la que el monstruo chupasangre en realidad espera 400 años para reencontrarse
con su esposa muerta, Elizabetta. Repito, y espero ser claro: tal como se
afirma en el artículo cuyo enlace incluí, Besson repite varias veces esta
BESTIALIDAD, asegurando que ello se encuentra en el texto de Stoker. Pues bien:
¡¡¡NNNOOOOO!!!
En el magistral texto del irlandés Abraham ‘Bram’ Stoker Jamás, pero absolutamente Jamás (jamás de los jamases, decía mi madre cuando yo tenía cerca de cuatro añitos) se menciona —ni por casualidad— a esposa alguna, descendencia o siquiera alguna prometida olvidada. Las dos primeras noches en el castillo, las únicas en que Jonathan Harker dialoga con el conde por horas sin sentir el peso del peligro inminente en el que se sabrá muy pronto, el siniestro anfitrión relata con lujo de detalles las hazañas de su estirpe en las constantes batallas contra los turcos, habla con orgullo y petulancia acerca de los Drácula, y en ningún pasaje, ninguno en absoluto, deja caer tal cosa como una referencia a alguna vida marital pasada. Ni a hijos, por supuesto. He leído esta novela, sistemáticamente, una vez al año desde 1984, el año en que llegó a mis manos a través de una edición española que, bajo el sello editorial Editors, S. A., reproducía íntegramente el texto y el extenso prólogo de Félix Llaugé Dausá para Ediciones Dalmau Socias. Desde entonces, me he dedicado a coleccionar diferentes ediciones y traducciones, todas leídas más de una vez, y jamás he hallado discrepancia alguna en este punto.
Es más, si bien el Conde oye hablar de Mina Murray a Harker, quien le explica que se trata de su prometida, ella le es completamente indiferente al anfitrión, y si finalmente (muy avanzada la novela) la ataca, es porque toma mayor conocimiento de ella a través de su siervo Renfield, el demente recluido en el asilo mental del doctor Seward, donde ella y el grupo están viviendo temporalmente. Se trata del tramo de la historia en que finalmente todos los involucrados en el drama se conocen cara a cara, descubriendo que Mina (ahora Harker) lleva un diario en mecanografía y otro en taquigrafía acerca de todo lo sucedido a su marido durante la funesta excursión a Transilvania, lo cual el profesor Van Helsing halla como invaluable a la hora de reconocer cual fue el “agente” que causó la muerte y posterior transformación vampírica de Lucy Westenra, prometida de Lord Godalming. Todos ellos se juramentan destruir al conde, que gracias al diario de Harker se descubre que su guarida a horas de Londres no es otra que la vecina Abadía de Carfax, adyacente al manicomio y morada del doctor Seward. Ellos pretenden destruirlo allí mismo, pero la astucia del conde lo lleva a atacar a Mina infligiéndole el bautismo del vampiro, que consiste en forzarla a beber unas gotas de su propia y maligna sangre, de modo que, más allá de que al cabo de su vida mortal se convertiría inmediatamente en una vampiro, eso le brinda al monstruo una ventaja estratégica más inmediata y acaso pueril: puede invocarla tanto en el sueño como antes del atardecer y el amanecer para leer su mente y así adelantarse a los planes de sus enemigos y poder darles esquinazo. Como se ve, Mina, inteligentísima y pieza clave para ordenar todo el rompecabezas que Van Helsing apenas vislumbraba en un principio, no es más que un peón para Drácula, una simple pieza de ajedrez que le sirve para vengarse y atacar íntimamente a sus cazadores, a la vez que para obtener información vital para evadirlos. Ella le importa un rábano, ni la ama ni podría hacerlo jamás. Es más, aquella insidiosa frase del conde al principio del libro, cuando Harker cae en las garras de las tres vampiras del Castillo, “yo también sé amar…”, no es más que una ironía demoledora, toda vez que se la dice a las arpías al mismo tiempo que les lanza una bolsa que contiene —nada menos— que a un niño pequeño vivo, el cual les entrega para que sea su “cena”. Si ese monstruo puede amar, la definición de amor debería alterarse para siempre en nuestros diccionarios. Por lo demás, aclarado ya este punto, cabe preguntarse acerca de la presunta originalidad de la visión que adopta Besson para acercarse a esta historia. Veamos.
La primera vez que el cine adaptó la novela incluyendo esta peculiar premisa, que Mina Murray-Harker sería una especie de reencarnación de la esposa muerta del entonces todavía mortal Vlad Dracul, fue en la más que excelente película del director, productor y guionista Dan Curtis (el creador de Sombras Tenebrosas y The Night Stalker/Kolchak, entre tantas otras), Dracula (1974), telefilme británico que, debido a su alta calidad, acabó por estrenarse en salas de cine. Protagonizada con sorprendente solvencia por el americano Jack Palance en el rol del Conde, el guión del novelista Richard Matheson (Soy Leyenda) presenta esta novedad junto a una trama intimista y sólida. Luego sería retomada por Francis Ford Coppola en esa abominación de la desolación titulada Bram Stoker’s Dracula, verdadera carne de críticos lameculos y descerebrados (incluyendo a Quintín y todo el staff de la vieja revista El Amante, quienes contribuyeron, con su habitual soberbia intelectual desbocada, a elevarla al estatus de culto en nuestro país), delirio kitsch de 1992 sin sentido ni norte narrativo, que traicionó a la novela en todas las maneras posibles, más allá de algunos pequeños y aislados aciertos formales que, como la frase “he atravesado océanos de tiempo para encontrarte”, causaron que varios críticos de la época se mojaran en la cama.
Por lo demás, ver cualquiera de los tráilers disponibles evidencia sin necesidad de palabras la desvergonzada clonación de la estética, vestuario y absurdos peinados del filme de Coppola. El guión, claro está, se diferencia en otros aspectos (como que la acción principal se desarrolla en París, por caso), pero está más que claro que Luc Besson no leyó jamás la novela, o es un mentiroso descarado. Si lo primero, acaso haya ocultado su ignorancia creyendo, a lo largo de estos más de treinta años, que por el solo hecho de titularse como lo hizo, el filme del director de El Padrino era realmente fiel a la novela; si lo segundo, entonces mintió descaradamente para evitar la ola de críticas que ya habrá caído sobre él en Francia desde el estreno en los últimos días de julio pasado, por causa de las similitudes ya mencionadas con la cinta de Coppola. Si no fuera más que esto, lo uno o lo otro, el fin de mi presente artículo estaría cumplido. Ya he advertido a los lectores que la idea argumental de base NO EXISTE EN LA NOVELA, les he brindado un breve panorama de ciertos pasajes que explican lo imposible que ello sería, y por último nos reímos un poco de la brutal ignorancia (o necedad, o estulticia, o truco publicitario) de Luc Besson. Sin embargo, y como es costumbre en mis humildes trabajos, existe todavía un subtexto, una subtrama en todo este asunto, que me encantará ofrecerles para su consideración; y este sí, entonces, será el tramo final.
Diga lo que diga el “bruto” de Besson (que como sugiero más arriba, sospecho sí leyó la novela, pero prefiere hablarle a una generación de burros y asnos criados a puro Youtube y Tik Tok, quienes no leerían la novela aunque los encañonaran con una Magnum .44), la verdadera motivación para construir esta nueva película del modo en que eligió hacerlo, no es otra que la de haber sido cooptado por la ya no tan nueva moda de “deconstruir” a todos los villanos y monstruos de la literatura, el folclore popular, los cómics y el propio cine clásico. Para la moral burguesa de las sociedades abiertas occidentales, el mal ha dejado de existir. Temerosa de sí misma, culposa y creyéndose el cuentito de la sociedad opresiva blanca y patriarcal, la Europa post segunda guerra mundial, cuya sociedad abierta y liberal derramó la democracia republicana a borbotones, cayó en la trampa de los enemigos internos que ya Karl R. Popper había advertido y vaticinado. Una de esas claras muestras es la ola de antijudaísmo feroz y el odio a Israel desatados desde el atentado genocida de Hámas del 7 octubre de 2023. Niños vivos puestos a cocerse en hornos microondas, y filmados por los yihaddistas al compás de carcajadas y vítores no conmueven a nadie. Israel, hoy, es para Europa, EE UU y muchos imbéciles de países como el nuestro, una nación “blanca”, de opresores blancos y patriarcales (y colonialistas, no lo olvidemos), por lo tanto, todo lo que esté del lado opuesto —por muy terrorista, genocida, anti derechos u homofóbico que sea— tiene que ser “bueno”, o más bien “víctima”, por necesidad y decreto. Este delirio que la izquierda woke y el progresismo post era “Me Too” y demás yerbas ha propagado a mansalva, se ha colado en la narrativa general decretando el fin del “mal” o la “maldad” tal y como la conocíamos. Ahora, todo villano o monstruo lo es porque ciertas circunstancias opresoras y opresivas, determinadas injusticias o prejuicios, lo han llevado a transformarse en un enemigo de la sociedad hipócrita y egoísta. Olvidan que el mal, o Mal (las minúsculas y mayúsculas no son baladíes), es algo real, tangible, que existe. Sea desde el plano meramente racional y filosófico, o desde el religioso y metafísico, el Mal y el Bien son más que meros conceptos, sino más bien “entidades” que existen positivamente, que hemos experimentado antes, lo hacemos hoy día y lo haremos mañana. El Mal no necesita explicación ni justificación, y lo vemos cada día, por mucho que nos hagamos los tontos. Nicolás Maduro, Vladimir Putin y Daniel Ortega/Rosario Murillo son prueba tangible de Ello. Viktor Orban, también, por caso. Y eso apenas en el plano político. Centenares de personas pulcras y atildadas, cultas y bien educadas (como Jeffrey Dahmer) han sido crueles asesinos en serie, caníbales, necrófilos, etc. Lo hemos vivido a cada paso de nuestra vida. Líderes de supuestos cultos religiosos han llevado a la muerte por suicidio masivo a millares de sus feligreses. El mal, le guste o no al Luc Besson modelo 2025, existe, y se pasea de lo más campante por los jardines de nuestra quisquillosa sensibilidad progresista y biempensante. Por eso es que su Drácula tiene que ser una víctima del amor trunco y la traición, porque si abraza el mal no será porque este anide en su alma, sino porque algún estamento de nuestra asquerosa civilización occidental lo habrá llevado a la desesperación y la locura. Desde Joker (2019) para acá, el truco ya no sorprende a nadie. A Pinocho se le ven los hilos. Los espectadores, satisfechos de su moral posmoderna y sensibilizada, saldrán del cine felices de comprobar que al fin de cuentas, Adolf Hitler sí tenía redención. Videla, también. ¿O no…?.-
Por Leonardo L. Tavani
Calificación: Excelente ★★★★★
Por Leonardo L. Tavani
Calificación: MUY BUENA ★★★★
por Leonardo Luis Tavani
Este es un sitio acerca de cine y series. Ustedes lo saben. Sin embargo, en ciertas situaciones y ante determinadas circunstancias, he traspasado los límites propios de este espacio para adentrarme en territorios menos felices. Algunos de esos artículos ya no están en el archivo del blog, ya que me pareció innecesario mantenerlos allí; otros, en cambio, aun resisten la tentación del olvido. Ignoro qué caprichos futuros decidirán la suerte del que está ahora frente a sus ojos, pero tengo la íntima necesidad de brindar mi posición acerca del luctuoso aniversario que hoy, jueves 18 de junio de 2024, conmemora el salvaje atentado terrorista que destruyó el edificio porteño de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) hace exactamente 30 años.No tengo nada nuevo que aportar, ni mucho menos original. Otras plumas, más inspiradas y comprometidas que la mía, lo han hecho antes y mejor de lo que jamás soñaría hacerlo. La cuestión no es la originalidad ni la brillantez en la polémica, sino la obligación moral de fijar una posición. Para asombro del mundo civilizado, el atentado más cruento en la historia sudamericana, este que se cobró 85 vidas de ciudadanos argentinos y más de 130 heridos graves, lleva treinta ignominiosos años de total, completa y repugnante impunidad. Tres décadas de encubrimientos desde el Estado, una Justicia Federal corrupta, impotente y manipulada hasta la náusea por los sucesivos poderes políticos, el homicidio del fiscal especial que mantenía con vida la causa (sí, homicidio con todas las letras), más la “abominación de la desolación” misma, la vomitiva firma del pacto de impunidad entre el gobierno corrupto de la igualmente corrupta ex presidente CFK y el estado terrorista de Irán, en cuyo seno se gestó, planificó, financió y ejecutó el atentado, utilizando para ello el brazo armado de Hezbolláh.
Estos treinta años, al cabo de los cuales sabemos mucho (quienes, cómo y cuándo) pero no podemos probar casi nada, nos dicen todo —empero— acerca de nosotros mismos. Todo lo que no queremos ver ni escuchar. Podemos celebrar campeonatos mundiales de fútbol como verdaderos posesos, brindando un espectáculo entre patético y asombroso al resto del mundo, podemos habituarnos a convivir décadas con inflación descontrolada y regulaciones comerciales asfixiantes, así como con sindicalistas millonarios y prebendarios, empresarios que pagan sobornos a funcionarios estatales con tanta naturalidad como se afeitan, o presidentes de la Nación que le indican al resto del mundo cómo tienen que conducir sus asuntos internos mientras no ordenan en absoluto los propios. A todo eso nos habituamos como corderitos a la voz de su pastorcillo. Pero también nos acostumbramos a la asquerosa impunidad. A no reconocer que hay algo muy enfermo en una sociedad que no puede conducir con profesionalidad y aptitud una investigación judicial de índole medular.
Nos acostumbramos, nos habituamos como al café, al apotegma que reza “en Argentina no tenemos cuestiones raciales ni de religión”, el que bien podría ser cierto si no fuera por una única y curiosa excepción, la que se topa de frente con la muralla que engendra la palabra “judío”. Tengo cincuenta y cinco años de vida, y no hay uno sólo en el que no haya habido profanaciones en el Cementerio Israelita de La Tablada o en otros similares; tampoco ha pasado ninguno de ellos sin que haya escuchado decir a alguien “judío de mierda” o criticado a comerciantes de la colectividad por sus aparentes “malas artes” en cuanto a su oficio; en ninguna de estas cinco décadas y media he dejado de soportar las incesantes críticas al Estado de Israel, el único laico, republicano y liberal de todo oriente medio, por intentar sobrevivir a vecinos armados hasta los dientes que quieren exterminarlo y borrarlo de la faz de la tierra. Incluso hoy día, en medio de la llamada tercera ola feminista, las sororas de género vernáculas hacen una mueca de disgusto y olvidan abrir la boca cuando las vejadas, violadas y masacradas son mujeres judías. Es más, nos reímos a carcajadas con Roberto Moldavsky y sus anécdotas del barrio de Once, nos parece un gordito simpático y entrador, pero cuando se pone serio y habla del dolor causado por el brutal y genocida atentado perpetrado por Hámas en Israel el 7 de octubre de 2023, pues ya saben, leer los comentarios en las redes a esos dichos producen asco e indignación. Somos inclusivos, incluso generosos, pero selectivamente. Aquí somos todos iguales, pero algunos son más iguales que otros.
Lo confieso, iba a abrir este artículo afirmando algo indecoroso acerca de mi condición argentina, pero comprendí al cabo que sería injusto con muchos conciudadanos honrados y libres de prejuicios, así como resultaría fatalmente petulante. En ningún lado se encuentra la pureza absoluta, en ningún país llueve agua bendita. Somos parte de una vasta tierra de santos y pecadores, y también de tibios. Pero a veces, cuando una tremenda injusticia mueve los cimientos de nuestras creencias, solemos reaccionar con lo más parecido a la justicia y la racionalidad. Pero para esta ínfima porción del globo que bautizamos Argentina, las cosas nunca son ni tan claras ni tan definitivas. Lo racional no siempre triunfa. La ética suele escurrirse de nuestras manos gastadas. Treinta aterradores años de impunidad merecen, apenas, un puñado de bienintencionados artículos de opinión, actos conmemorativos y discursos altisonantes, pero no nos impulsan a mirarnos honestamente en el espejo ni a preguntarnos por qué esa impunidad ha sido posible. Si el dolor, la muerte y la falta de Justicia no nos incomodan hasta hacer temblar los cimientos de nuestra identidad como nación, pues entonces no merecemos vivir como una.
Este es un blog acerca de cine. En el cine conviven los sueños, una cierta aspiración de justicia, y —a veces— un claro optimismo acerca de nuestro futuro como especie. Quisiera creer que algún día esos conceptos se conjugarán en nuestra tierra y le brindarán algo de paz a los muertos que nos costaron el odio al pueblo judío y el encubrimiento sistemático. No soy optimista. Es más, estoy seguro que nunca habrá Justicia para los 85 muertos de la AMIA. El problema consiste, creo, en nuestra atávica incapacidad para la autocrítica, en nuestra persistente opción por creernos víctimas de un mundo supuestamente obsesionado por cortarnos las piernas, y en la autoindulgente mirada con que “blanqueamos” nuestros defectos más oscuros como sociedad.
Treinta años sin final. Treinta años a la deriva. Treinta años repitiendo las mismas mentiras piadosas. Treinta años de soledad, silencios y mentiras. Treinta años que deberían darnos vergüenza.
Por Leonardo L. Tavani
Calificación: Muy Buena ★★★★
El sábado último regresó la mítica serie Doctor Who. Lo hizo con el primero de los tres episodios especiales que celebran los 60 años de historia de esta maravillosa saga de ciencia ficción, The Star Beast (La Bestia Estelar). Por cierto, al escribir “regresó” estoy queriendo decir mucho más de lo que indica el simple enunciado, ya que Doctor Who había sido “asesinada” por su último showrunner, el criminal Chris Chibnall, con la cómplice anuencia de BBC, por supuesto, cadena histórica que a contrapelo de su propia política descuidó uno de sus activos más señeros y amados. No les salió gratis, y amén de la progresiva pérdida de audiencia y la ya clásica y constante batalla del fandom en las redes, la compañía (que es estatal, pero con un inteligente sistema de asociaciones con capitales privados) comenzó a perder dinero con el envío. No podía durar, y luego de echar al anterior director de la cadena, se optó por un plan de renovación integral que incluyó —como no podía ser de otro modo— el relanzamiento con bombos y platillos de la serie estrella de la emisora. El hecho de que el a punto de fenecer año 2023 fuera el del sexagésimo aniversario del estreno de Doctor Who sirvió en bandeja el motivo del reboot. Si el especial del 50 aniversario, The Day of the Doctor (2013), había sido un evento de magnitudes bíblicas, estrenado además en cines y en 3-D, no podía esperarse menos de esta desesperada movida por resucitar la saga. Sería una serie de tres especiales protagonizados por la dupla más querida y añorada por todos, David Tennant y Catherine Tate, esta última de regreso en su entrañable rol de Donna Noble. Nada podía fallar, excepto que las últimas temporadas habían sido tan, pero tan desastrosas que muchos habíamos perdido la fe en la capacidad de la TARDIS por llevarnos de vuelta al universo de la imaginación. Así que sí, mucho podía fallar. No imaginan cuanto. ¿Y saben qué…? Pues…, nada falló. Okay, no será el nirvana de la serie, tampoco emulará los más electrizantes y dramáticos momentos que nos legara Steven Moffat como guionista y showrunner, pero lo cierto es que The Star Beast nos devolvió al Doctor enterito y perfectamente reconocible. Al fin.
Por Leonardo
Luis Tavani
Los HIJOS DE RECONTRA MIL PUTAS odian a Israel y desprecian a cualquier judío que se les cruza. Siempre hay una excusa. La historia y la geopolítica son gelatina para ellos, porque así como lo hicieron con el pasado argentino, reescribiéndolo a placer e inventando héroes dónde en verdad había terroristas subversivos apátridas financiados desde la Cuba castrista, lo hacen ahora con la intrincada historia del conflicto árabe israelí, demonizando únicamente a una de sus partes, la que todos sabemos; la que todos conocemos. La progresía vernácula ve progromos, apartheid y genocidio dónde debería advertir las consecuencias geopolíticas del fanatismo étnico y religioso. Esta misma mañana, leyendo el artículo de John Carlin para el diario Clarín, me encontré con un periodista que respeto y que ha recorrido el mundo en conflicto dos veces y media, quien equivocadamente (quizás a causa de su profundo conocimiento directo del drama sudafricano previo a la asunción de Mandela) juzga la situación de Gaza como un tipo de apartheid. Lo repite varias veces en su nota, pero así como discrepo furiosamente con él acerca de esto, debo decir que Carlin se redime al menos de la hijaputez ‘argenta’ cuando afirma y reafirma a lo largo de todo el artículo que lo perpetrado por Hamas es una monstruosidad genocida. Él lee mal el origen del conflicto, pero cuando menos no duda ni titubea al llamar a las cosas por su nombre y defiende el derecho de Israel a protegerse. Si al menos, durante estos ocho terribles días, yo hubiera advertido esta misma postura en una parte de la opinión pública local, podría haber dormido tranquilo y habría dejado en paz a mis lectores. Pero no. No fue así. Marchas en pro de Palestina y los terroristas frente a la embajada porteña de Israel, dirigentes políticos echándole la culpa a las víctimas por haber supuestamente incitado tal odio asesino, candidatas a cargos públicos con la bandera palestina en sus solapas, etc., etc., etc. No hay dudas entonces. No hay vacilaciones posibles. La misma tragedia que nos ha llevado a una pauperización socio cultural sin parangón histórico, esa que conduce a celebrar a aquellos que se enriquecieron obscenamente con nuestro esfuerzo a cambio de migajas y prebendas, esa que ha trastocado profundamente los valores más íntimos de nuestra sociedad, es la tragedia —repito— que ha delimitado definitivamente a nuestra nación creando dos bandos irreconciliables: el de los hombres y mujeres de bien que aún quedan en esta patria, y el de los MAL PARIDOS HIJOS DE PUTA.
Los HIJOS DE RECONTRA MIL PUTAS, o sea, los MALPARIDOS, se alegraron con los aberrantes asesinatos en masa del pasado sábado siete de octubre en Israel. Lo gritan a los cuatro vientos y lo justifican de múltiples y variopintas maneras. El resto, los que entendemos de qué lado de la vida hay que estar, solo podemos llorar en silencio y desear la paz eterna para los asesinados y algo de consuelo para sus familiares y deudos. Los que no ponemos EXCUSAS PUERILES para justificar el horror asesino, decimos en voz alta, pero muy alta:
¡PAZ Y CONSUELO PARA EL PUEBLO DE ISRAEL!
¡PAZ, CONSUELO Y RESPETO PARA TODOS LOS JUDÍOS DEL MUNDO!
Por LEONARDO L. TAVANI Calificación: Regular ★★ El Guasón (The Joker) de Jack Nicholson decía, en el filme de Tim Burton de 19...