“SCARPETTA” – UN SHOW DE DESACIERTOS MUY BIEN DISFRAZADO

 

Por LEONARDO L. TAVANI

Calificación: Regular ★★

    El Guasón (The Joker) de Jack Nicholson decía, en el filme de Tim Burton de 1989, una frase que era todo un hallazgo, “¡esta ciudad necesita una enema!” Pues, yo aplicaría la misma cita a toda la tevé por suscripción producida en los EE UU. Del cine, mejor ni hablar: una de las nominadas al Óscar entregado hace hace unos mEses fue Sinners (Pecadores), que por mucho que se disfrace de filme acerca del racismo no es otra cosa que un chapucero cuento de vampiros y música soul. Norteamérica está podrida, no solo en su sistema político y en las relaciones interhumanas (hay que ver lo que cuentan quienes han vivido allí por trabajo en los últimos años, emigrando otra vez por sentirse asfixiados y en peligro), sino en cada “industria” en la que alguna vez se había destacado. En el rubro que atañe a este blog y a un servidor, algunos productos así como ciertos guionistas y productores todavía tienen algo para ofrecer (no todo está perdido), pero la regla general —desde que los Estudios, las televisoras, las plataformas de streaming y los servicios de noticias pasaron a manos no ya de empresas o conglomerados, sino de FONDOS DE INVERSIÓN— es que la antigua magia se ha perdido para siempre.

            Una de las maneras de comprobar la verosimilitud de la tesis en mi introducción consiste en armarse de coraje y atreverse a ver la esperpéntica, atroz y vomitiva Scarpetta, la nueva serie de Amazon Prime Video. Ignoro qué fuerza demoníaca me impulsó a llegar hasta el final, ya que para mediados del episodio cuatro clamaba a gritos por piedad, pero fui duramente castigado con la compulsión por concluirla, lo que me ha dejado secuelas que años de terapia, imagino, apenas si podrán reparar. Soy consciente, empero, de que otros colegas que han señalado claramente sus defectos le dieron, sin embargo, el beneficio de la duda; algo así como un “es ‘regularona’, bastante chapucera, pero se deja ver”. Pues no lo creo. Es más, afirmo lo contrario: Scarpetta es una soberana porquería, un producto mal escrito, peor concebido, mal ejecutado, apestosamente actuado (ya llegaré a ese punto, paciencia) e irremediablemente cursi, predecible e insultante para con el espectador. No hay una virtud, una sola, que haga potable su visionado; sus casi 8 horas de metraje son una tortura que se hacen imposible de tolerar. Ya que proviene de una longeva y popularísima saga de novelas, la compararé con otra serie que ya lleva tres temporadas y también se adapta de otra fuente análoga, Reacher. Mientras que esta última, excelentemente protagonizada por el hercúleo Alan Ritchson (¿vieron que no siempre es necesario ser Robert de Niro para actuar bien…? O mejor dicho, ciertos papeles requieren solo de presencia, miradas de hielo y apostura, no de años de clases en el Actor’s Studio), es un dechado de virtudes narrativas, diversión asegurada y coherencia narrativa. Todo lo que le falta a Scarpetta.

            Primer punto: la trama es una bazofia. Se inspira vagamente en dos novelas de la autora (la primera, Postmortem, y otra con más de 20 años de diferencia, cuyo título ni siquiera me importa recordar), pero alterando absolutamente todo en ellas, desde la identidad del o los criminales hasta la personalidad intrínseca de los personajes. El ver dos series a la vez (porque de eso se trata, por más que lo disfracen; no es un choque dialéctico entre pasado y presente, como quiere hacernos creer su inepta creadora y showrunner, Elizabeth Sarnoff, sino la insufrible superposición constante de dos series distintas con aparentemente versiones más jóvenes de sus protagonistas), ralentiza la trama, confunde hasta a los graduados en semiótica, difumina el interés en ambas y se vuelve un salvavidas de plomo. Si a Agatha Christie se le criticó por años cierto patrón en cuanto a qué personajes eran siempre los culpables (los más inofensivos, los pasados por alto, aquellos en que ni Poirot se fijaría), forzándola en la segunda mitad de su carrera a ser menos obvia en dicho apartado, aquí se lleva ese error de principiantes a la enésima potencia. Los criminales en ambas líneas temporales son personajes anodinos, meros deus ex machina, tanto que incluso se les crea un lazo (ojo, spoiler) familiar absurdo, que si no se está más atento que en Misa se escapa como un soplido fugaz.

            Por supuesto, la trama carga con las usuales dosis hipersaturadas de corrección política y —sobre todo— políticas de género. Hay lesbianas hasta en la sopa, el discurso feminista anti masculino permea las dos líneas narrativas temporales y se vuelve insoportable por momentos, ciertos personajes masculinos (más bien, todos) son estúpidos, irreverentes, brutos, fanáticos, insensibles, egoístas, fetichistas, obsesivo compulsivos, mentirosos, agresivos, adúlteros, traidores, y un largo etcétera. No es que algún dardo ubicado en la línea temporal de inicios de los ‘90s no esté acertadamente colocado (la versión joven de Marino se pregunta si tal víctima no habría llevado ropa provocativa, y ciertamente esa es una imbecilidad que cualquier mayor de cincuenta y tantos años decía —decíamos— en el pasado. ¡Pero ya aprendimos, Sarnoff, aprendimos…!!!!), pero todo el resto huele a revancha sexista en 8 partes. Por lo demás, la plétora de lugares comunes de su trama y lo poco inspirados que resultan tornan a la serie en un penoso recordatorio acerca de cuan buena pudo haber sido, y no es.

            Segundo: el culebrón familiar a grito pelado. Si tanto Nicole Kidman como la competente Rosy McEwen (Kay en sus versiones actual y juvenil) parecen cualquier cosa menos hijas de inmigrantes italianos del sur peninsular —podrían actuar ambas en Vikingos y ganarse sendos Emmy por ello—, lo que más daña la credibilidad del producto (y los tímpanos de los espectadores) es la delirante creencia que los productores y guionistas tienen acerca de cómo se comportan los ítaloamericanos. Si Jamie Lee Curtis viene sobreactuando sin complejos en los últimos años, este esperpéntico guión le permite llevar tales mañas a extremos insoportables. Su personaje parece fugado de un manicomio en quiebra, está todo el tiempo al límite y resulta casi imposible empatizar con ella. Es más, se hace realmente difícil aceptar que Marino (Bobby Cannavale) la tolera tal como es y la ama: nadie en su sano juicio podría hacerlo. Luego está la hija negra, cerebrito y lesbiana de la histérica hermana mayor, que por razones que escapan a la comprensión de cualquier humano ha vivido casi toda su vida con la poco afectuosa tía Kay, siempre más preocupada en destazar cadáveres que en educar saludablemente a la muchacha. Resulta que estuvo casada poco tiempo con una bonita e inteligente dama que falleció a causa de un repentino aneurisma, y ahora la viuda la ha convertido en un avatar de inteligencia artificial con todos sus recuerdos y demás yerbas. La chica no sale de su cabaña porque todo el tiempo habla con su esposa muerta a través de la pantalla. Créanme, las vicisitudes que ocurren entre este avatar de I.A. y varios personajes importantes resultan desopilantes, además de perversas. Hacia el final de la temporada uno quiere estrangular a esa niña mimada, millonaria y rebosante en comodidades y lujos, porque sus protestas y reclamos hastían hasta la furia a quienes hemos tenido que pelear la vida sin darnos el lujo de claudicar. No se trata de hacernos las víctimas, queridos lectores, sino de hacerles entender que resulta imposible sintonizar con el personaje y sus caprichos. De hecho, no se empatiza con nadie, excepción hecha del personaje de Marino, al que Cannavale dota de vera humanidad a pesar del delirio circundante. Pero Nicole Kidman es un caso aparte y merece una buena sesión de nalgadas. Hace rato que alterna algunos papeles “serios” con otros puramente comerciales, pero aquí se limita a fumar como posesa, estar siempre enojada y poner cara seria cuando las situaciones parecen requerirlo. Un crítico que respeto decía semanas atrás que su piel, casi traslúcida, hacía imposible permitirnos creer su origen del sur itálico. Lo apunté más arriba, con menos brillantez, por cierto, pero valga repetirlo a fin de permitir la comprensión de cuán desacertada es la elección de casting en esta serie. Lo mismo vale, aunque por razones diferentes, para Simon Baker, el siempre recordado Patrick Jane de las siete temporadas de El Mentalista. El australiano, que conserva su apostura y su físico intactos (apenas si algunas arrugas solares, típicas en cualquier australiano mayor de 40 años, hacen notar las casi dos décadas pasadas desde el final de aquella exitosa serie), parece un fantasma en su propio show, las diferencias con su versión joven son astronómicas, y para cuando se acerca el final, en que se nos revelan ciertas peligrosas excentricidades de su carácter y Baker le pone algo de pólvora al rol, uno se pregunta para qué diantres se molestaron en contratarlo. No es un problema de competencia actoral, sino de guion y, peor aún, de dirección.

            Scarpetta tuvo muy buena repercusión, todo sea dicho, y su segunda temporada está completamente confirmada. Pero para horror de este sufrido trabajador del plumín volverá a estar construida en dos líneas temporales superpuestas. Por mucho que Rosy McEwen me haya parecido toda una revelación (de todos modos carga con el mismo “sanbenito” que Kidman: es menos italiana que Dwayne “The Rock” Johnson un boliviano), unir dos casos separados casi 30 años en el tiempo apenas si dio un dificultoso resultado en esta temporada inicial. Repetirlo es una tortura. Que Dios nos guarde.-  



   

                

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

“SCARPETTA” – UN SHOW DE DESACIERTOS MUY BIEN DISFRAZADO

  Por LEONARDO L. TAVANI Calificación: Regular ★★       El Guasón (The Joker) de Jack Nicholson decía, en el filme de Tim Burton de 19...