Por LEONARDO L. TAVANI
Calificación: Regular ★★
Que prometía, prometía: Juegos, Trampas y Dos Armas Humeantes (1998) y Snatch: Cerdos y Diamantes (2000) fueron dos muy buenas cintas de acción, ironía y alguito de mirada contracultural, excesivamente dependientes del estilo de Quentin Tarantino (de hecho, Guy ha sido hasta hoy casi un clon tipo “british style” del tío Quentin), pero que supieron despabilar las pantallas inglesas con acierto y riesgo. Prácticamente inventó a Jason Statham (y lo bien que hizo…), produjo y produce para tevé, streaming y demás, y no se puede negar que es creativo y en ocasiones audaz, pero su cine viene experimentando un declive de proporciones épicas. Tiene filmes que es mejor ni nombrar por sus títulos completos, como su “versión” acerca del Rey Arturo, una mierda en toda regla, un espantajo visual y un guión para echar a las fauces de cocodrilos hambrientos; o su muy personal adaptación fílmica acerca de El Agente de C.I.P.O.L., otra inmundicia cuya dirección, guión, actuaciones y edición merecerían pena de muerte para todos los involucrados. Hay, cómo no, algunas más aceptables en su derrotero (Rock’nRolla, 2008; Justicia Implacable, 2021), pero poco más que se destaque como auténtico cine. Y para aclarar: cuando digo cine, ya que a Tarantino ama Ritchie, les pido ver o rever una secuencia de Jackie Brown (1997), aquella de la primera parte del filme, en que el personaje de Samuel L. Jackson, Ordell Robbie, conduce el auto de alguien a quien acaba de asesinar y “depositar” en el maletero, llevando el vehículo hasta un estacionamiento en el cual lo dejará abandonado, no sin antes borrar sus huellas. La maestría visual del californiano al guiar la cámara, una dolly crane con grúa de gran altura, que se va elevando (siempre desde una distancia que el espectador percibe como de una cuadra o dos respecto del vehículo) a medida que este llega al “parking”, dobla parsimoniosamente hacia la entrada del mismo, recorre varios metros en su interior y luego da marcha atrás para estacionarse en el espacio vacío que detectó previamente, es sencillamente magistral. Recuerda a Hitchcock, o al mejor De Palma, un devoto del orondo maestro del suspenso. Nada de esto se encuentra en el Ritchie de hoy día. Hay sí, un sólido manejo de las secuencias de acción y violencia, apoyado siempre en un equipo muy, pero muy bien seleccionado de segunda unidad, asistentes de dirección y stunts. Súmese a eso una edición al estilo posmoderno, donde la velocidad de corte, la yuxtaposición de imágenes y el vértigo extremo hacen casi ilegible las escenas, lo que paradójicamente las hace ver como muy “logradas” e hiperrealistas. Este es Guy Ritchie hoy, tómenlo o déjenlo. O vean sus filmes apenas para divertirse, lo que CASI siempre se logra, pero al costo de ir olvidando qué cuernos era aquello de narrar con imágenes, montaje e iluminación. Puesta en escena —y encuadre, claro— que le dicen. Es a su riesgo.
In The Grey (En La Zona Gris, 2026), su más reciente trabajo, estrenada aquí el 14 de mayo pasado (la acabo de ver días atrás en su paso al streaming) es el mejor catálogo de todo lo que intenté explicar más arriba. Lo bueno es que dura apenas 98 minutos, contando sus extensos créditos finales, por lo que vuela como un misil; lo malo, que se siente como si ese misil se insertara en tu ano. La trama, que daba para un filme más inteligente y complejo, involucra a grandes corporaciones financieras que “prestan” sumas siderales de dinero a clientes muy dudosos (narcos, traficantes de armas y demás lindezas), muchos de los cuales, habida cuenta de su poder de fuego y conexiones, opta por no devolver un céntimo de tales “servicios”. Ocurre que dichas transacciones se ubican en una así llamada “zona gris” financiera, y es allí que entra en acción Rachel (la tan hermosa como competente Eiza González, a quien descubrimos en Baby Driver), una feroz abogada que comanda todo un estudio dedicado a la recuperación, por cualquier vía disponible, de esos activos. Lo que incluye un equipo de tecno hackers, mercenarios, estafadores de elite y proveedores de armas y logística high tech. Como se ve, el combo no podía fallar. Y si ustedes leen muchas reseñas en la web, incluso en algún que otro medio respetable, creerán que no falló. Pero no, no es así. Porque más allá de ser un video clip a pura adrenalina y velocidad (marca registrada de Ritchie), lo que vuelve al filme “divertido” de ver (y a mí me entretuvo, ¡qué va!, porque esa noche, justamente, necesitaba desconectar mi cerebro), y de tener a una protagonista tan bella como talentosa —no se le puede quitar los ojos de encima a Eiza González, te hipnotiza—, lo cierto es que In The Grey no es cine, ni nada que se le parezca. Es una enorme postal paradisíaca inductora de turismo, llena de persecuciones, planeamiento sobreexplicado (la manía del director de incluir texto explicativo en pantalla al mismo que tiempo que el personaje de Rachel narra todo el filme en off es exasperante) y secuencias de acción que pretenden clonar el “John Wick Style”, pero a diferencia de su venerado Tarantino, que incluso cuando yerra un poquito (vean mi crítica, aquí mismo, de Érase una vez en Hollywood, 2019, filme que combina lo mejor del director con algunos notorios desaciertos, pero que aún así es muy superior a cualquier otra cosa que puedan ofrecer los alicaídos Estudios de hoy día), logra desplegar un talento visual y una armonía entre puesta en escena, encuadre, campo visual y maestría actoral que pone la piel de gallina. Si alguien experimentó eso con el filme que estoy reseñando, pues lo invitaría a visitar a un neurólogo, y cuanto antes.
Para concluir, porque lo más interesante con esta cinta es aquello que permite hablar acerca de la peculiar y desigual carrera de su director, autor y productor, un breve apartado en el rubro actoral. Jake Gyllenhaal y Henry Cavill están allí para hacer turismo y cobrar sus cachets; llamar actuación a la “cara-de-piedrismo” (¡…!) que practican aquí sería una blasfemia. Eiza González sí se cree su personaje, y aun con sus clisés y despropósitos nos lo hace creíble, y de igual modo pasa con la más breve interpretación de Rosamund Pike, quien no necesita de dirección alguna: hace todo bien por sí misma. Carlos Bardem, por su parte (hermano mayor de Javier Bardem), compone a un Salazar muy ajustado, sin llegar jamás a la caricatura —cosa que hubiera querido Ritchie, no lo dudo— y verdaderamente parece un narco todopoderoso muy consciente de ese poder. Nota al pie para el talentosísimo, y habitualmente desperdiciado, Fisher Stevens (también escritor, director y guionista, hombre muy culto en la vida real), que compone con gracia y astucia al atribulado y aterrado abogado de Salazar. El resto, más que nada la iluminación y fotografía, son tan planas, chatas y directas como la paleta de colores. Lo dicho, esto no es cine, no al menos como lo conocíamos; apenas un divertimento efectivo y breve, para ver desconectando el cerebro y con un balde de 25 kg de pochoclos. A Ritchie no le dio vergüenza rodarla… que a ustedes, en todo caso, no les de pudor verla. Después de todo, es lo que hay.-

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