Querida Emma Peel:
Me
parece que siempre estuviste allí, a mi lado. La primera vez no la recuerdo,
por lejana en el tiempo y porque la temprana niñez suele borronear la memoria y
mezclarla con otras vivencias; pero hay un momento, allá por mis seis o siete
años, en que tu figura se me grabó a fuego. ¡Vaya a saber el adulto que soy qué
cuernos pasaba por la cabeza del niño que fui…! Pero lo que fuera que sentía lo
siento hoy de otra manera, enrevesado con desengaños y pesares, por cierto,
pero igualmente fuerte como entonces. Fuiste mi primer amor, mi primer
enamoramiento. No fue ni una maestra, ni la señorita de salita naranja, ni
mucho menos la profe de francés que nos volvió locos a todos los varones de 4to
“C”… No, fuiste vos. Emma Peel. O Diana Rigg, que viene a ser lo mismo.
Aparecías en todo tu esplendor en la pantalla de aquel Noblex blanco y negro
grandísimo, que cada dos por tres me dejaba de a pie obligándome a ir a la casa
de algún compañero de clase para verte; y desde esas imágenes increíbles todo,
absolutamente todo, parecía posible. Cuando te veía enfundada en esos catsuits
imposibles, con tus botas negras y tu media sonrisa devastadora, de algún modo
me sentía más grande, casi adulto. Había algo mágico en tu relación con el
señor Steed, por eso nunca, pero nunca, le tuve celos. “Señora Peel, nos necesitan…”,
solía decirte en ese tono semi paternal tan suyo, y vos reaparecías por detrás
del biombo transformada en esa mujer capaz de patearle el trasero al más
pintado. En medio de una balacera, cuando todos los demás se arrojaban al
suelo, vos te mostrabas fría como el hielo y le decías a tu compañero, “creo
que no somos bienvenidos aquí, señor Steed”, y de inmediato pasabas a devolver
el fuego como si un tiroteo fuera la cosa más normal que pudiera pasarle a una
londinense promedio. Había algo felino, indómito, en vos, y uno lo percibía.
Por eso era imposible sacarte los ojos de encima. Por eso era imposible
desprenderse de vos. Pero claro, pasó el tiempo, y con él pasó la vida; pero lo
que no pasó fue aquel amor. Mi amor por vos. Mi amor por esa mujer fabulosa e
inasible que encarnabas y que era absolutamente imposible de ignorar. Y la
verdad, es que el hecho de que te hayas prodigado tan poco en las pantallas a
través del tiempo, no hizo otra cosa que agigantar tu imagen en mi imaginación
y en mis recuerdos. Para que fueras siempre así, joven, peligrosa,
absolutamente divina, absolutamente atractiva, totalmente hechicera. Emma,
dondequiera que estés ahora, ten la seguridad de que no vas a desaparecer. Si
el olvido es la verdadera muerte, la anonadación, entonces no hay riesgo alguno
para vos. Estarás conmigo siempre. Es un lugar común, lo sé, y seguro que lo
escuchaste mil veces antes de mil voces diferentes, pero esta vez no se trata
de una frase de ocasión. Estuviste siempre allí, te lo dije, y estarás por
siempre jamás. Sos imposible de olvidar. Imposible de ignorar. Sos “la
Mujer”. Ella. Todas. Mía.
No te
digo adiós, Emma. Cuando Marlowe se enfrenta a ese hombre que fue su amigo y
que creyó muerto, se niega a despedirse diciéndole “No te digo adiós. Ya lo hice
antes. Cuando ‘adiós’ era triste, solitario y final”. Tenía razón. Me
niego a que tu poderosa mirada —su recuerdo— me inunde de tristeza, soledad y
abandono. Eso pasa con la muerte, y vos no estás muerta. Sos inmortal. Yo no,
pero mi amor por vos sí. Para siempre. Que esta sí es una frase hecha, claro
que lo sé, porque nada es para siempre, pero esta vez prefiero creer en la
magia, en lo intangible. Saludos a Steed, Emma, que seguro estará feliz de
haberse reencontrado contigo. ¿Qué otra mujer lo entendía como vos? Ninguna.
Porque no hubo ni habrá ninguna como vos. Por eso no te digo adiós. Vos
entendés. Hasta siempre.
Tuyo, como siempre,
Leo.-