por Leonardo Tavani
INTRODUCCIÓN
Si bien los
vampiros habían revoloteado antes por las páginas de la literatura gótica
inglesa (The Vampire, 1821, de John William Polidori / Melmoth
the Wanderer, 1820, de Charles Robert Maturin / Varney the Vampire, or the Feast
of Blood, 1847, de John Malcolm Rymer / Carmilla, 1871, de Joseph
Sheridan Le Fanu), no sería sino hasta la publicación de Drácula —en 1897— que los
no-muertos alcanzarían el status de íconos de la cultura popular occidental que
hasta hoy ostentan. Su autor, el irlandés Abraham “Bram” Stoker (1847-1912)
—esoterista e iniciado en la Hermetic
Order of the Golden Dawn (Orden Hermética del Amanecer Dorado)— se inspiró
en la figura del Voivoda (similar o equivalente a “príncipe”) Vlad Tepes (o
Tsepesch), alias Vlad Drakul y Vlad “el empalador”, quien ocupó por tres veces
el trono de Valaquia durante el último tercio del siglo XV y combatió
ferozmente a los turcos hasta el final de su vida. Sus peculiares hábitos,
entre ellos el de beber la sangre de sus enemigos recientemente ejecutados
—fruto, sin dudas, de prácticas mágicas (nigromancia y necromancia) en las que
estaba iniciado— unido a su proverbial ferocidad en batalla, lo hicieron el
candidato ideal para encarnar al príncipe de los vampiros. Stoker utilizó un
amplio material de estudio que le proveyó su amigo personal y “hermano” en la Orden, el profesor
Arminius de la Universidad de Copenhague, al que se permite nombrar dos veces
en la novela, haciéndolo pasar como colega del ficticio Dr. Van Helsing. Los
detalles acerca de su creación son por demás jugosos, pero deberán quedar para
un blog que trate exclusivamente de literatura; nosotros, de aquí en más, nos
abocaremos a su traspaso a la gran pantalla. ¡A cuidar las carótidas!










