La Muerte de James Bond: “Sin Tiempo Para Morir” o ‘Réquiem Para Los Nacidos en el Siglo XX’

Por Leonardo L. Tavani

    Les planteo lo siguiente: piensen en una longeva saga cinematográfica, muy lucrativa, que siempre ha despertado pasiones y cuyos filmes son estrenados alrededor del mundo con una regularidad que ya es legendaria. Ahora, y esto es importantísimo, recuerden que la saga de la que hablamos NO PERTENECE ni a la ciencia ficción, ni al género fantástico, ni al terror, ni mucho menos a los cuentos de hadas. O sea que en ella, si algún personaje muere —y mucho más su protagonista— NO VUELVE A LA VIDA EN ABSOLUTO. Los muertos, como en la realidad, muertos están. Entonces, resulta que ustedes van al cine a ver el último estreno de esta saga y llegados al final de la misma ocurre que el protagonista perece. Y no solo muere, sino que vuela en millones de pedacitos, ya que una ráfaga de misiles con “bombas racimo” le cae directamente encima. Es más, en un plano decisivo la cámara se coloca a menos de 35 grados del perfil de este hombre, tomándolo de cuerpo entero, de modo que podamos verlo en plenitud y asistamos a su ordalía. Y allí mismo, al tiempo que el tipo esboza una sonrisa de satisfacción por haber salvado a su mujer e hija, la onda de choque de las bombas arrasa con él en primerísimo plano. O sea, no hay dudas; no hay trampas tampoco. El tipo murió. Tanto, que ni cadáver ha quedado. Se vaporizó. Pues bien, el tipejo en cuestión era James Bond, agente 007 al servicio secreto de Su Majestad. O mejor dicho, era el impostor que había usurpado su nombre y número desde 2006. Y ojo, que nadie se llame a engaño: el hombre que lo interpretó hasta aquí, un tal Daniel Craig, es un actorazo; ni más ni menos. Él no tiene la culpa del atroz mamarracho que le hicieron protagonizar: le dijeron que ahora el espía era un sujeto torturado, autodestructivo y con tendencias suicidas, incapaz de permitirse vivir (cuestionándose todo el tiempo su calidad de asesino al servicio del Estado), y siempre dispuesto a sacrificar todas las cosas por las que vale la puta pena permanecer en esta roca que gira en el espacio. Y lo hizo maravillosamente bien, por cierto. Pero no me quiero ir de tema. Dije que el tipo murió, y punto. Sin embargo, los productores nos avisaron, como siempre, que “James Bond volverá”. No 007, que podría ser cualquiera (la propia Lashana Lynch, de hecho, que aquí interpreta a la nueva 007), sino el mismísimo James Bond. Y así es. Hace rato que están las negociaciones en marcha para elegir al nuevo actor que lo interpretará: Barbara Broccoli declaró hace meses que desea que Cary Fukunaga (director y coautor de este último latrocinio) vuelva a ponerse tras las cámaras del próximo film, y otras cosas por el estilo. Tampoco estará de más que les indique que Felix Leiter, agente de la CIA y posiblemente el único amigo genuino de Bond, también estiró la pata en No Time To Die. Sí señores. Muertito y enterrado. Bahhh, lo de enterrado es un decir, ya que su cadáver se fue hundiendo hasta el fondo del casco de un buque a punto de naufragar, y apenas unos minutos después, cuando el impostor Bond logra escapar y se monta a un improbable bote inflable (igualito al que usaba Bond, el verdadero, en el final de Operación Trueno / Thunderball, en 1965; otro de los ciento y pico de detallitos para fans que la cinta echa por ahí como migajas), dicho buque explota en mil pedazos, vaya uno a saber por qué. Así que tampoco quedan dudas con Leiter: si resucita es pura ficción. Como su amigo 007, que solo lo sobrevivirá media película más, no queda ni cadáver para clonar.

UNA REFLEXIÓN A 40 AÑOS DE LA GUERRA DE MALVINAS

 

Por Leonardo L. Tavani 

    Escribo estas líneas al mediodía del día primero de abril. No voy a realizar una introducción histórica (la que sería muy necesaria) porque sencillamente quiero ir al punto. Este blog es mi tribuna, la única que poseo, y no dejaré pasar la ocasión de utilizarla. Mañana se cumplirán cuarenta años de la invasión militar argentina a las islas Malvinas, emprendida ilegítimamente por parte del Estado Mayor Conjunto de las FF AA de entonces, las que tenían el control absoluto de los tres Poderes del Estado desde el golpe militar acaecido el 24 de marzo de 1976. La memoria, esa curiosa y traicionera confidente que el kirchnerismo intenta entronizar como emperatriz de la historia, me ubica a mis trece años (cumplidos el mes de enero de aquel año) y con apenas un mes cursado del primer año de la escuela secundaria. Demasiado joven, demasiado ingenuo, demasiado maleable todavía. No fui a la plaza de Mayo ni a ninguna otra de mi ciudad, pero recuerdo con claridad la excitación mental, ideológica y “viril” que experimenté por entonces. José Gómez Fuentes, el periodista lacayo de la dictadura que oficiaba de vocero oficial desde la pantalla de ATC (Argentina Televisora Color, o sea Canal 7, actual “Tevé Pública”), gritaba cada noche sus proclamas de segura victoria y no cesaba de elevar loas al gobierno de facto del general Leopoldo Fortunato Galtieri. Por la mañana temprano, cada día, escuchábamos en casa a Magdalena Ruiz Guiñazú —la pachamama del periodismo vernáculo y la más valiente y decidida frente a la dictadura— quien no cesaba (a pesar de recibir amenazas diarias por ello) de decir que aquella guerra era una locura y apenas un manotazo de ahogado de un régimen de facto que se caía a pedazos y quería asegurar su supervivencia. Pero era en lo único en que yo difería con ella. Como dije, era demasiado joven para adulto y demasiado adulto para niño, y aquella explosión de chauvinismo nacionalista me hizo olvidar de los secuestros y desapariciones forzadas, de la censura y la represión, y andaba por ahí pendiente de cada noticia falsa que gritaba “¡estamos ganando!”. Pero crecí. Pasó el tiempo y maduré. Me pasaron cosas, experimenté muertes de seres demasiado queridos, perdí sueños y gané frustraciones. Me hice más sabio (¡ojalá…!) y más cínico. Hoy me avergüenzo de haber sido uno más de los que aplaudió a esa dictadura genocida en su vano intento por reescribir la historia. Los sentimientos, y el nacionalismo es el más fuerte de ellos, pueden ser fácilmente manipulables y conducen a la ceguera y la estulticia.

            Un buen día, hará unos 27 años, comprendí algo que pasa desapercibido para casi todo el mundo y que los medios suelen omitir de manera deliberada. Tanto en 1982 como en este 2022, en las Malvinas vivía y vive gente. Personas. Seres humanos. Hijos, nietos y bisnietos de isleños. Tan unidos a su pedazo de tierra como lo estamos nosotros al nuestro. Tan temerosos de sus vecinos como lo estaban hasta hace un mes los ucranianos, quienes ahora ya no temen, sino que sufren, mueren y padecen. El reclamo argentino por la soberanía legítima de las islas es por completo genuino, veraz, ajustado a derecho y concordante (y consecuente) con los hechos históricos registrados y fidedignos. Ha mentido y miente el Reino Unido cuando niega nuestros derechos territoriales, y de algún modo niegan también la evidencia histórica los isleños, quienes optan —en parte conscientemente y en parte por conveniencia— por convalidar los argumentos británicos. Pero hay un hecho ineludible que todos en el continente decidimos también ignorar, y es que ese pedazo de tierra en medio del Atlántico sur está habitado desde hace generaciones por isleños (Kelpers, según su propia lengua y terminología) que antes amaron, sufrieron, trabajaron arduamente, procrearon y murieron; y ahora lo están por sus descendientes, quienes también pasan y pasarán por las mismas penurias, cuitas y alegrías. Aman su pedazo de tierra, aman su horizonte teñido por el océano y aman esos vientos irreductibles que les enseñaron a soportarlo todo de pie. No los odio; no podría. Muchos de ellos nos odian a nosotros, por cierto, o cuando menos odian la idea que tienen de nosotros, pero jamás les pagaría con idéntica moneda. Nos temen y recelan porque les dimos motivos. Y porque nos negamos a aceptar el hecho de ser los agresores y los “canceladores”. Sí, “canceladores”. Porque cada día de estos cuarenta años hemos cancelado a los kelpers sencillamente porque los ignoramos, les negamos derecho a la existencia. Nuestros gobiernos (todos, desde entonces) los llaman “habitantes implantados” y solo aceptan negociar directamente con Londres, como si la autodeterminación y los derechos civiles de los isleños simplemente no existieran. Y nosotros, el pueblo argentino, los ignoramos con idéntico desdén, con idéntico desprecio por sus dignidades personales y por sus derechos humanos, esos mismos que reclamamos ardientemente para casos domésticos en los que su supuesta violación es cuando menos discutible.

            La guerra de 1982 lo cambió todo. Hasta entonces Argentina y las islas tenían relación y trato frecuente. Comercial y educativo. Había en ellas una oficina de LADE (Líneas Aéreas del Estado), una sucursal del Correo Argentino, algunos emprendimientos pesqueros argentino/malvinenses y varias maestras del continente viajaban regularmente a enseñar castellano. La contienda y la muerte, la sangre derramada, barrieron con todo eso. Para siempre. Los que nacieron después de aquella fecha nos odian y nos tienen por un peligro inminente y acechante. Les damos permanentes motivos para creerlo. Y no nos damos la chance como sociedad de repensar Malvinas y recalibrar nuestros objetivos. No queremos —quizás no podamos, tampoco— hacerlo, y no aceptamos bajo ningún motivo considerar siquiera la posibilidad de estar equivocados. Gracias a aquella guerra fútil y oportunista los kelpers llevan cuarenta interminables años viviendo completamente de espaldas a nosotros; no reciben periódicos, ni ven televisión, ni navegan por páginas de internet, ni se permiten ninguna otra actividad en la que la cultura, la política o la sociedad argentina estén en primer plano. Solo reciben, generalmente filtradas por Downing Street, las noticias acerca de las superfluas y contradictorias acciones que el gobierno argentino y su Cancillería emprenden acerca de ellos y las islas. Nada lo cambiará, ciertamente, hasta que nos decidamos a mirarlos a la cara. Hasta que dejemos de ignorarlos y reconocerlos como iguales. Hasta que nos agotemos de tanto prejuicio nacionalista y petulante. Hasta que aceptemos que existen y merecen nuestro respeto. No será fácil. Hasta ahora ha sido imposible, por lo menos.

            Las Malvinas/Falklands ya no son argentinas. Creerlo es otra más de nuestras mentiras con rango institucional. Otro de nuestros mitos fundacionales y populares. Otra de nuestras pedantes, petulantes y chauvinistas mentiras de diván. Quizás, alguna deidad lo quiera, llegue un tiempo en que se pueda llegar a un acuerdo sensato y equitativo, uno que permita cuando menos compartir emprendimientos marítimos, científicos, pesqueros y ecológicos. Uno que permita que nuestra bella pero tan vapuleada bandera ondee cuando menos por debajo de la de las islas, uno que nos permita mirarnos a los ojos y no recelarnos más. 1833 ha quedado atrás, muy pero muy atrás, y alguna bendita vez deberemos empezar a mirar hacia el futuro abandonando para siempre nuestros mitos de pacotilla, nuestras mentiras neuróticas, nuestras eternas y desabridas justificaciones y nuestra petulancia disfrazada de dignidad herida. Porque del otro lado, apenas frente a nosotros, viven, sueñan y mueren otros seres humanos, y por mucho que nos neguemos a aceptarlo, es más que probable que tengamos muchas —muchísimas— cosas en común con ellos. No será nuestra lengua, ni nuestras costumbres, ni mucho menos una historia compartida, pero puede que sea algo mucho más profundo y atávico cuya naturaleza quizás nos sorprenda de repente, probablemente el auspicioso día en que decidamos abrir los ojos a la vez que extendamos nuestra mano derecha. Se requerirá para ello, eso sí, dejar de tener el puño cerrado y crispado, abandonando antes las anteojeras ideológicas y dejando en el baúl de las insensateces el triunfalismo revanchista. No será fácil, porque nada es fácil para nosotros. Reincidimos en los mismos errores continuamente y nos asombramos de cuan mal nos va, y con la cuestión Malvinas no cesamos de repetir dicha conducta. Algún día, empero, deberemos decidirnos a cambiar. Ese día, las islas estarán un poco, un poquito siquiera, más cerca de nosotros. Que así sea.-

 

A MI HERMANO

El cuerpo de un hombre muerto yace en un puente destruido junto a autos abandonados dejados por personas que huían de la ciudad de primera línea de Irpin, región de Kiev, Ucrania. Foto: EFE/EPA/ROMAN PILIPEY
Hombre muerto en un puente de la ciudad de Irpin. (fuente:www.Clarín.com)

    Él podría ser yo. Cualquiera puede verme cada día recorrer mi barrio en bicicleta; cualquiera puede verme ir de negocio en negocio, a la farmacia o al rapipago en mi bici. Y más tarde, cada día, salir a ejercitarme con ella, por puro placer. Él podría ser yo. Hay, empero, una diferencia abismal, aterradora, entre ese cadáver deshilachado y mi propia humanidad. Yo podría caer como él, ciertamente, y quizás ese destino me aguarde en el recodo de alguna esquina, sólo que mi muerte estaría marcada -indudablemente- por un pueril accidente de tránsito, por una fatal distracción que acabe con todo. Él, en cambio, murió asesinado por la demencial locura de un chacal de Estado, Vladimir Putin; una rata encerrada en la torre alucinada de su megalomanía criminal. Un hombre solo, aislado de todos y de la realidad, que ha decidido que la historia no merece servir de faro alguno y ha tomado, como un cruel niño sin límites, el caramelo que tanto desea. Así es la locura del poder. Del poder absoluto, por cierto. Así era en 1705, o en 645 a.e.c., en 1939, y -cómo no- en 2022. El mito del eterno retorno no es tal. Todo vuelve sin remedio. Porque lo dejamos retornar. Porque nos negamos a aprender. Porque sí, quizás. O porque no.

    No hay mucho más que decir. Otros hablan y escriben hasta agotar nuestras consciencias, como si sus palabras cambiaran algo, como si pudieran parar las muertes. A mí, únicamente, me importa esta foto. Este ser humano muerto por el odio, la ambición, la locura y la mentira. Este hombre al lado de su bicicleta. Este hombre al que nadie nunca más podrá esperar, ni acariciar, ni extrañar siquiera. Y todo por un sueño colectivista y autocrático. Todo porque una parte de la humanidad -que no Putin en soledad, sino muchos otros más como él, que aman a esos líderes tóxicos y fuertes- no tolera convivir con la libertad de los otros. Unificar vidas y pensamientos, regular desde el deseo hasta la vida pública, ponerse bajo el paraguas de instituciones religiosas que no dejan nada librado al libre albedrío..., todo eso, indudablemente, atrae como el néctar a un número gigantesco de personas huérfanas de autorespeto que luchan denodadamente por hallarlo en la guía del o la líder carismática. Así acaba. Así prosigue.

El Misterio de Soho (Last Night in Soho). Inteligente propuesta que se queda a mitad de camino

 

Por Leonardo L. Tavani

Calificación: Buena ★★★

    El Misterio de Soho (Last Night in Soho) es una película bifronte; aquella que imaginó su director y coguionista, Edgard Wright (Shaun of the Dead; Hot Fuzz; Baby Driver), y la otra, la que finalmente vio la luz este último jueves. La vara estaba muy alta porque el director, guionista, productor y actor británico tiene un don natural para la ironía y el sarcasmo, un estilo visual muy definido (junto a un sentido estético admirable, por cierto) y un confeso amor por la década de los ‘60s y su cultura. Si bien Cruella es una gran película (subvalorada por muchos, pero muy por encima de las expectativas generales), si Wright hubiera sido su director habría sido todavía mucho mejor. Es contra fáctico, lo sabemos, pero no deja de ser un juego especulativo perfectamente válido. Ahora bien, esta cruza entre thriller psicológico, giallo y horror metafísico ambientado en el mundo de la moda del Swingin’ London —Carnaby Street con toda su magia sesentona a la cabeza— debería explotar con toda su locura apenas pasado el primer acto, pero lo cierto es que nunca lo hace. O lo hace a medias, lo que es todavía mucho peor. Veamos por qué.

ASCO

 https://www.clarin.com/politica/gobierno-acuso-oposicion-utilizacion-electoral-crimen-kiosquero-ramos-mejia-produce-profundo-asco-_0_M74118Lqe.html

            El DESGOBIERNO nacional, a través de su portavoz oficial, la émula de Goebbels Gabriela Cerruti, afirma muy compungido “que le produce ASCO la utilización electoral que hace la oposición del crimen del quiosquero en Ramos Mejía”. No puedo ni quiero permanecer callado ante tamaña monstruosidad. Así que les diré qué cosas a mí, me dan auténtico y desgarrador asco.

            Me da ASCO cómo todo el kirchnerismo y demás cómplices SÍ UTILIZÓ POLÍTICAMENTE la muerte ACCIDENTAL del agitador anarquista Santiago Maldonado, quien quedó atrapado entre ramas y raíces en el lodo del río Chubut mientras escapaba de la legal y legítima redada que la Gendarmería Nacional emprendió para despejar la ruta nacional 40, ilegalmente cerrada por agitadores mapuches. Todavía hoy, luego que 53 peritos de parte —todos ellos dispuestos a dar su piel por ofrendarle un “detenido/desaparecido” a la oposición a la administración Macri— concluyeran definitoriamente que Maldonado murió ahogado accidentalmente. Cuando docentes canallas y bastardos pasan lista en su clase y gritan “¿Maldonado…? ¡Ausente!” yo SIENTO ASCO.

            Siento ASCO por el ROBO y APROPIACIÓN ILEGÍTIMA de Vacunas Anti Covid/19, y siento MÁS ASCO aun por el MANEJO DISCRECIONAL, ESPECULATIVO, ELECTORALISTA Y FINANCIERAMENTE CORRUPTO del operativo de vacunación nacional, con especial énfasis en el vergonzoso uso político que Kiciloff, el peor gobernador en la historia de esta provincia, hace del operativo en Buenos Aires provincia.

            Siento ASCO por la DEFECCIÓN ABSOLUTA que el gobierno del títere hace de su sagrado y CONSTITUCIONAL DEBER de custodiar, asegurar y defender la INTEGRIDAD TERRITORIAL nacional.

            Siento ASCO, RABIA, REPUGNANCIA y VERGÜENZA de que los asuntos más importantes de la nación estén en manos de los ex TERRORISTAS SUBVERSIVOS —todos miembros de la organización armada terrorista MONTONEROS, que asoló con asesinatos, secuestros extorsivos y atentados terroristas toda la década de los ‘70s—, y que sean ellos los que apañan a sediciosos, anarquistas y usurpadores. Siento ASCO del rol petulante e impune de sujetos deleznables que jamás se han arrepentido de SUS CRÍMENES DE LESA HUMANIDAD, los que siguen siendo SILENCIADOS por las otrora organizaciones de DD HH, hoy meras unidades básicas del kirchnerismo y la izquierda, cuyas LIDERESAS son sendas señoras que nadan en dineros usurpados al erario público y aclaman cualquier canallada que haga el gobierno que ellas definen como “nacional y popular”. Siento ASCO de Fernando Vaca Narvaja, Emilio Pérsico, Miguel Bonasso, Horacio Verbitsky y demás RATAS.

            Siento ASCO de un gobierno que desprecia la educación de excelencia, vilipendia el mérito personal, desaconseja el esfuerzo y APUESTA TODO AL CLIENTELISMO HUMILLANTE y la SUMISIÓN de su PUEBLO.

            Siento ASCO de quienes vienen repartiendo DINERO a MANSALVA, DÁDIVAS por DOQUIER y EXTORSIONAN a los pobres y humildes para ASEGURARSE su VOTO CAUTIVO. Son HIJOS de REMIL PUTAS.

Siento ASCO de la propia portavoz estatal, Gabriela Cerruti, quien en el pasado fue una periodista que prometía mucho y hasta trabajó al lado de Jorge Lanata, y hoy da pena y repugnancia creando cada mañana una serie de RELATOS FANTÁSTICOS con los que REMODULA la realidad a su gusto. Y al de su JEFA, por supuesto. Siento dolor de que alguien caiga tan bajo y ni siquiera advierta lo ruin de sus actos.

            Siento ASCO del Presidente que no preside, de sus pésimos ministros y de la organización cuasi Nazi “La Cámpora”, quienes no cesan de acusar a quienes no creemos en sus mentiras ni aceptamos su mala praxis de ANTIARGENTINOS, ODIADORES y ahora, además, de NO PERTENECER A LA PATRIA.

            Siento ASCO de la política exterior de este atroz gobierno. NO QUIERO APOYAR A DICTADORES ASESINOS, NI A SUS FINANCISTAS, NI A SUS PROVEEDORES DE ARMAS. NO QUIERO APLAUDIR A TORTURADORES, TERRORISTAS NI ENCARCELADORES DE DISIDENTES. NO QUIERO APOYAR A LOS AUTÓCRATAS NI A LOS FUNDAMENTALISTAS RELIGIOSOS FANÁTICOS. NO QUIERO ESTAR DEL LADO DE LOS QUE EN VERDAD VIOLAN LOS DERECHOS DE LAS MUJERES, LAS MINORÍAS SEXUALES O A LOS LIBREPENSADORES.

            Siento ASCO de una facción pseudopolítica que miente descaradamente y afirma que EMITIR DINERO A MANSALVA, DESTRUIR SU VALOR A SABIENDAS y GASTAR MÁS DE LO QUE INGRESA NO CREA INFLACIÓN: Y SIENTO MÁS ASCO DE QUIENES TOMAN DEUDA PARA FINANCIAR ESE DEMENCIAL GASTO FISCAL Y LUEGO ACUSAN AL PRESTAMISTA DE QUERER QUITARNOS LA LIBERTAD O LA SOBERANÍA.

            Siento ASCO de quienes vinieron a DIVIDIRNOS, ROBARNOS AMIGOS, PARIENTES Y COLEGAS. Siento ASCO de aquellos que trajeron el ODIO como marca personal para entender la política y a la vida misma.

 Y por último, aunque no menos importante, siento ASCO de quien llegó a la vida pública para depositar en ella toda su bilis enfermiza, SUS ODIOS ÍNTIMOS, sus traumas juveniles, y ciertamente, su PROPIA Y CERRIL MALDAD PERSONAL. Siento ASCO, ciertamente, pero incluso mucha, muchísima más LÁSTIMA  de esa pobre y limitada persona que es Cristina Fernández viuda de Kirchner. Lástima por ella, claro está, pero mucha más por nosotros. Por los que caímos bajo sus furias, y mucho más por los que se hundieron en el río de lava de su falsa, impostada y traicionera “humanidad”.- 

Leonardo L. Tavani.-

 

 

 

 

007: "Sin Tiempo Para Morir" - Dos Miradas desde España.

 Estimados amigos: Sin Tiempo para Morir, alabada por gran parte de la crítica infame y aparentemente adorada por el público masivo, es en realidad una soberana mierda, una traición y una canallada para con el personaje. E incluso, una traición hacia el fenomenal trabajo de Sam Mendes en los dos últimos filmes. No me gustaba particularmente su visión, pero al menos era seria y tenía una base filosófica sostenible desde lo visual y lo narrativo. Fukuyama destruye todo eso y barre con casi 60 años de historia. No tengo tiempo por ahora para mi propio artículo, pero en los siguientes enlaces compartiré dos brillantes, profundos y sesudos artículos españoles sobre la peli. Comparto cada línea de ellos. Allá van.

 https://www.elantepenultimomohicano.com/2021/10/critica-sin-tiempo-para-morir.html

 https://cinedivergente.com/sin-tiempo-para-morir/

MALIGNO (MALIGNANT, 2021), de James Wan / Un Filme Bifronte y a la Deriva

         

 Calificación: Regular (★★)

    Existen dos formas de aproximarse a Maligno. Una de ellas consiste en partir desde el amor por el giallo italiano de los ‘60s y ‘70s (Lucio Fulci, Mario Bava y Darío Argento fueron sus mejores exponentes), cosechando además las mieles del horror trash de los ‘80s (Reanimator; The Evil Dead; Hellraiser; Brain Dead; Castle Freak, etc.); la otra resulta menos lineal y obvia, y se trata de entender al filme desde el gótico moderno y el cruce de géneros. Ambas son válidas, aunque la primera —que a priori sería la correcta— no reúna todas las condiciones suficientes para explicar la cinta; pero el problema que se nos presenta entonces es que Malignant no acaba de encajar completamente en ninguna de esas categorías ni logra triunfar por completo allí donde se lo propone.

“CRUELLA” – Duelo de Emma’s en una Cinta Que Da en la Diana

Por Leonardo L. Tavani

Calificación: Muy Buena + (★★★★1/2)

    Criticar debidamente a Cruella es todo un desafío, no tanto por el filme en sí mismo, sino más precisamente por todas las razones extra cinematográficas que empañan su decurso. Quiero decir: Cruella arrastra desde el vamos toda una galería de prejuicios —válidos algunos, no tanto otros— que obran a modo del bosque que oculta al árbol. El primero de ellos, Disney. Sí, Disney. Se lee y se escucha en todos lados que la compañía ‘nos tiene cansados con reversionar sus filmes clásicos en “live action”’, ‘que ya agota su empeño por lavarle la cara a sus villanas para hacerlas más políticamente correctas’, ‘que nos tiene podridos con su falta de audacia y originalidad’…. ¡Y que patatín y que patatán! Bueno “muchaches”, el que está podrido soy yo, qué quieren que les diga… Disney empresa es —y nunca dejará de serlo— lo que todos ya saben y conocen al dedillo, y si tanto ansían que cambie entonces ganen dinero, viajen a EE UU, infíltrense en la industria de Hollywood y compren toneladas de acciones de dicha empresa. Otra manera no se me ocurre. El cine yanqui es, hoy día, esta bazofia que vemos en pantalla (con honrosas excepciones, se entiende…), y Disney solo hace aquello que lleva inscrito a fuego en su ADN estructural y nada ni nadie le impedirá hacerlo. Tomémoslo o dejémoslo. Muchos de entre los que tanto se quejan son incapaces de dedicarle una horita a otras cinematografías: afirman a gritos que el cine francés es aburrido, que el cine italiano no existe, que el cine coreano no se entiende una mierda… ¡y más patatín y más patatán! O sea, viven a las puteadas, pero se estrena “Capitán América Parte 16” y corren a verla antes de cepillarse los dientes. Entonces, ¿y si vamos despacito y por partes, y le damos una chance a cada producto sin tanto prejuicio delirante?

“SCARPETTA” – UN SHOW DE DESACIERTOS MUY BIEN DISFRAZADO

  Por LEONARDO L. TAVANI Calificación: Regular ★★       El Guasón (The Joker) de Jack Nicholson decía, en el filme de Tim Burton de 19...