Por Leonardo
L. Tavani

Escribo
estas líneas al mediodía del día primero de abril. No voy a realizar una
introducción histórica (la que sería muy necesaria) porque sencillamente quiero
ir al punto. Este blog es mi tribuna, la única que poseo, y no dejaré pasar la
ocasión de utilizarla. Mañana se cumplirán cuarenta años de la invasión militar
argentina a las islas Malvinas, emprendida ilegítimamente por parte del Estado Mayor
Conjunto de las FF AA de entonces, las que tenían el control absoluto de los
tres Poderes del Estado desde el golpe militar acaecido el 24 de marzo de 1976.
La memoria, esa curiosa y traicionera confidente que el kirchnerismo intenta
entronizar como emperatriz de la historia, me ubica a mis trece años (cumplidos
el mes de enero de aquel año) y con apenas un mes cursado del primer año de la
escuela secundaria. Demasiado joven, demasiado ingenuo, demasiado maleable
todavía. No fui a la plaza de Mayo ni a ninguna otra de mi ciudad, pero
recuerdo con claridad la excitación mental, ideológica y “viril” que
experimenté por entonces. José Gómez Fuentes, el periodista lacayo de la
dictadura que oficiaba de vocero oficial desde la pantalla de ATC (Argentina
Televisora Color, o sea Canal 7, actual “Tevé Pública”), gritaba cada noche sus
proclamas de segura victoria y no cesaba de elevar loas al gobierno de facto
del general Leopoldo Fortunato Galtieri. Por la mañana temprano, cada día,
escuchábamos en casa a Magdalena Ruiz Guiñazú —la pachamama del periodismo vernáculo
y la más valiente y decidida frente a la dictadura— quien no cesaba (a pesar de
recibir amenazas diarias por ello) de decir que aquella guerra era una locura y
apenas un manotazo de ahogado de un régimen de facto que se caía a pedazos y
quería asegurar su supervivencia. Pero era en lo único en que yo difería con
ella. Como dije, era demasiado joven para adulto y demasiado adulto para niño,
y aquella explosión de chauvinismo nacionalista me hizo olvidar de los secuestros y
desapariciones forzadas, de la censura y la represión, y andaba por ahí
pendiente de cada noticia falsa que gritaba “¡estamos ganando!”. Pero
crecí. Pasó el tiempo y maduré. Me pasaron cosas, experimenté muertes de seres
demasiado queridos, perdí sueños y gané frustraciones. Me hice más sabio (¡ojalá…!)
y más cínico. Hoy me avergüenzo de haber sido uno más de los que aplaudió a esa
dictadura genocida en su vano intento por reescribir la historia. Los
sentimientos, y el nacionalismo es el más fuerte de ellos, pueden ser fácilmente
manipulables y conducen a la ceguera y la estulticia.
Un buen día, hará unos 27 años, comprendí
algo que pasa desapercibido para casi todo el mundo y que los medios suelen
omitir de manera deliberada. Tanto en 1982 como en este 2022, en las Malvinas
vivía y vive gente. Personas. Seres humanos. Hijos, nietos y bisnietos de
isleños. Tan unidos a su pedazo de tierra como lo estamos nosotros al nuestro. Tan
temerosos de sus vecinos como lo estaban hasta hace un mes los ucranianos,
quienes ahora ya no temen, sino que sufren, mueren y padecen. El reclamo
argentino por la soberanía legítima de las islas es por completo genuino,
veraz, ajustado a derecho y concordante (y consecuente) con los hechos
históricos registrados y fidedignos. Ha mentido y miente el Reino Unido cuando
niega nuestros derechos territoriales, y de algún modo niegan también la
evidencia histórica los isleños, quienes optan —en parte conscientemente y en
parte por conveniencia— por convalidar los argumentos británicos. Pero hay un
hecho ineludible que todos en el continente decidimos también ignorar, y es que
ese pedazo de tierra en medio del Atlántico sur está habitado desde hace
generaciones por isleños (Kelpers, según su propia lengua y terminología) que antes
amaron, sufrieron, trabajaron arduamente, procrearon y murieron; y ahora lo
están por sus descendientes, quienes también pasan y pasarán por las mismas
penurias, cuitas y alegrías. Aman su pedazo de tierra, aman su horizonte teñido
por el océano y aman esos vientos irreductibles que les enseñaron a soportarlo
todo de pie. No los odio; no podría. Muchos de ellos nos odian a nosotros, por
cierto, o cuando menos odian la idea que tienen de nosotros, pero jamás les
pagaría con idéntica moneda. Nos temen y recelan porque les dimos motivos. Y
porque nos negamos a aceptar el hecho de ser los agresores y los “canceladores”. Sí, “canceladores”.
Porque cada día de estos cuarenta años hemos cancelado a los kelpers
sencillamente porque los ignoramos, les negamos derecho a la existencia.
Nuestros gobiernos (todos, desde entonces) los llaman “habitantes implantados”
y solo aceptan negociar directamente con Londres, como si la autodeterminación
y los derechos civiles de los isleños simplemente no existieran. Y nosotros, el
pueblo argentino, los ignoramos con idéntico desdén, con idéntico desprecio por
sus dignidades personales y por sus derechos humanos, esos mismos que
reclamamos ardientemente para casos domésticos en los que su supuesta violación
es cuando menos discutible.
La guerra de 1982 lo cambió todo.
Hasta entonces Argentina y las islas tenían relación y trato frecuente.
Comercial y educativo. Había en ellas una oficina de LADE (Líneas Aéreas del
Estado), una sucursal del Correo Argentino, algunos emprendimientos pesqueros
argentino/malvinenses y varias maestras del continente viajaban regularmente a
enseñar castellano. La contienda y la muerte, la sangre derramada, barrieron
con todo eso. Para siempre. Los que nacieron después de aquella fecha nos odian
y nos tienen por un peligro inminente y acechante. Les damos permanentes motivos
para creerlo. Y no nos damos la chance como sociedad de repensar Malvinas y
recalibrar nuestros objetivos. No queremos —quizás no podamos, tampoco—
hacerlo, y no aceptamos bajo ningún motivo considerar siquiera la posibilidad
de estar equivocados. Gracias a aquella guerra fútil y oportunista los kelpers
llevan cuarenta interminables años viviendo completamente de espaldas a
nosotros; no reciben periódicos, ni ven televisión, ni navegan por páginas de internet,
ni se permiten ninguna otra actividad en la que la cultura, la política o la
sociedad argentina estén en primer plano. Solo reciben, generalmente filtradas
por Downing Street, las noticias acerca de las superfluas y contradictorias acciones
que el gobierno argentino y su Cancillería emprenden acerca de ellos y las
islas. Nada lo cambiará, ciertamente, hasta que nos decidamos a mirarlos a la
cara. Hasta que dejemos de ignorarlos y reconocerlos como iguales. Hasta que
nos agotemos de tanto prejuicio nacionalista y petulante. Hasta que aceptemos
que existen y merecen nuestro respeto. No será fácil. Hasta ahora ha sido
imposible, por lo menos.
Las Malvinas/Falklands ya no son
argentinas. Creerlo es otra más de nuestras mentiras con rango institucional.
Otro de nuestros mitos fundacionales y populares. Otra de nuestras pedantes,
petulantes y chauvinistas mentiras de diván. Quizás, alguna deidad lo quiera,
llegue un tiempo en que se pueda llegar a un acuerdo sensato y equitativo, uno
que permita cuando menos compartir emprendimientos marítimos, científicos,
pesqueros y ecológicos. Uno que permita que nuestra bella pero tan vapuleada
bandera ondee cuando menos por debajo de la de las islas, uno que nos permita
mirarnos a los ojos y no recelarnos más. 1833 ha quedado atrás, muy pero muy atrás,
y alguna bendita vez deberemos empezar a mirar hacia el futuro abandonando para
siempre nuestros mitos de pacotilla, nuestras mentiras neuróticas, nuestras
eternas y desabridas justificaciones y nuestra petulancia disfrazada de
dignidad herida. Porque del otro lado, apenas frente a nosotros, viven, sueñan
y mueren otros seres humanos, y por mucho que nos neguemos a aceptarlo, es más
que probable que tengamos muchas —muchísimas— cosas en común con ellos. No será
nuestra lengua, ni nuestras costumbres, ni mucho menos una historia compartida,
pero puede que sea algo mucho más profundo y atávico cuya naturaleza quizás nos
sorprenda de repente, probablemente el auspicioso día en que decidamos abrir
los ojos a la vez que extendamos nuestra mano derecha. Se requerirá para ello,
eso sí, dejar de tener el puño cerrado y crispado, abandonando antes las
anteojeras ideológicas y dejando en el baúl de las insensateces el triunfalismo
revanchista. No será fácil, porque nada es fácil para nosotros. Reincidimos en
los mismos errores continuamente y nos asombramos de cuan mal nos va, y con la
cuestión Malvinas no cesamos de repetir dicha conducta. Algún día, empero,
deberemos decidirnos a cambiar. Ese día, las islas estarán un poco, un poquito
siquiera, más cerca de nosotros. Que así sea.-