Por Leonardo L. Tavani
Calificación: MALA ★
Por Leonardo L. Tavani
Calificación: MALA ★
Por Leonardo Tavani
Calificación: Mala ★
Por Leonardo L. Tavani
Calificación: Muy Buena + (★★★★1/2)
Criticar debidamente a Cruella es todo un desafío, no tanto por el filme en sí mismo, sino más precisamente por todas las razones extra cinematográficas que empañan su decurso. Quiero decir: Cruella arrastra desde el vamos toda una galería de prejuicios —válidos algunos, no tanto otros— que obran a modo del bosque que oculta al árbol. El primero de ellos, Disney. Sí, Disney. Se lee y se escucha en todos lados que la compañía ‘nos tiene cansados con reversionar sus filmes clásicos en “live action”’, ‘que ya agota su empeño por lavarle la cara a sus villanas para hacerlas más políticamente correctas’, ‘que nos tiene podridos con su falta de audacia y originalidad’…. ¡Y que patatín y que patatán! Bueno “muchaches”, el que está podrido soy yo, qué quieren que les diga… Disney empresa es —y nunca dejará de serlo— lo que todos ya saben y conocen al dedillo, y si tanto ansían que cambie entonces ganen dinero, viajen a EE UU, infíltrense en la industria de Hollywood y compren toneladas de acciones de dicha empresa. Otra manera no se me ocurre. El cine yanqui es, hoy día, esta bazofia que vemos en pantalla (con honrosas excepciones, se entiende…), y Disney solo hace aquello que lleva inscrito a fuego en su ADN estructural y nada ni nadie le impedirá hacerlo. Tomémoslo o dejémoslo. Muchos de entre los que tanto se quejan son incapaces de dedicarle una horita a otras cinematografías: afirman a gritos que el cine francés es aburrido, que el cine italiano no existe, que el cine coreano no se entiende una mierda… ¡y más patatín y más patatán! O sea, viven a las puteadas, pero se estrena “Capitán América Parte 16” y corren a verla antes de cepillarse los dientes. Entonces, ¿y si vamos despacito y por partes, y le damos una chance a cada producto sin tanto prejuicio delirante?
Por Leonardo L. Tavani
Calificación: Buena plus ★★★+
por Leonardo L. Tavani
Calificación: MuyBuena (★★★★)
Empecemos
por el principio, lo que no por obvio deja de ser importante. Y en este caso
importa, puesto que Away nos presenta un obstáculo muy importante para sortear
apenas se dispone el espectador a verla, que es el de la propia naturaleza de
su trama. Pareciera que una gigantesca pancarta con la leyenda “warning”
(peligro) se posara sobre el televisor al momento de encarar su visionado, y
eso ocurre porque a esta historia ya la vimos un millar de veces y en todas sus
posibles vertientes, desde el drama, la sci-fi pura y dura o el terror
espacial. Alguien objetará que al cuento de cenicienta también lo vimos
millones de veces en la pantalla y no por eso dejamos de engancharnos con él en
cada nueva ocasión, pero ocurre que “Cinderella” pertenece a esos tipos de
historias que están construidas en base a arquetipos universales, los que
sirven de plantilla (si se nos permite la expresión) a casi todo tipo de trama que
se pueda imaginar. De ahí la genialidad tanto de Charles Perrault como de los
hermanos Grimm, cuyos cuentos infantiles presentan una maravillosa
universalidad que ha vencido con éxito la prueba del tiempo. Otro tanto ocurre
con Shakespeare y sus inmortales dramas y comedias, que llevan cinco siglos
reciclándose en millares de argumentos que nunca queremos dejar de disfrutar.
Pero este de ahora no es en modo alguno un arquetipo universal, sino un
argumento producto de un desarrollo tecnológico y científico cuyas
posibilidades eran puramente especulativas en el pasado y que ahora ya no lo
son tanto.
por Leonardo L. Tavani
calificación: Muy Buena (★★★★ )
Querida Emma Peel:
Me parece que siempre estuviste allí, a mi lado. La primera vez no la recuerdo, por lejana en el tiempo y porque la temprana niñez suele borronear la memoria y mezclarla con otras vivencias; pero hay un momento, allá por mis seis o siete años, en que tu figura se me grabó a fuego. ¡Vaya a saber el adulto que soy qué cuernos pasaba por la cabeza del niño que fui…! Pero lo que fuera que sentía lo siento hoy de otra manera, enrevesado con desengaños y pesares, por cierto, pero igualmente fuerte como entonces. Fuiste mi primer amor, mi primer enamoramiento. No fue ni una maestra, ni la señorita de salita naranja, ni mucho menos la profe de francés que nos volvió locos a todos los varones de 4to “C”… No, fuiste vos. Emma Peel. O Diana Rigg, que viene a ser lo mismo. Aparecías en todo tu esplendor en la pantalla de aquel Noblex blanco y negro grandísimo, que cada dos por tres me dejaba de a pie obligándome a ir a la casa de algún compañero de clase para verte; y desde esas imágenes increíbles todo, absolutamente todo, parecía posible. Cuando te veía enfundada en esos catsuits imposibles, con tus botas negras y tu media sonrisa devastadora, de algún modo me sentía más grande, casi adulto. Había algo mágico en tu relación con el señor Steed, por eso nunca, pero nunca, le tuve celos. “Señora Peel, nos necesitan…”, solía decirte en ese tono semi paternal tan suyo, y vos reaparecías por detrás del biombo transformada en esa mujer capaz de patearle el trasero al más pintado. En medio de una balacera, cuando todos los demás se arrojaban al suelo, vos te mostrabas fría como el hielo y le decías a tu compañero, “creo que no somos bienvenidos aquí, señor Steed”, y de inmediato pasabas a devolver el fuego como si un tiroteo fuera la cosa más normal que pudiera pasarle a una londinense promedio. Había algo felino, indómito, en vos, y uno lo percibía. Por eso era imposible sacarte los ojos de encima. Por eso era imposible desprenderse de vos. Pero claro, pasó el tiempo, y con él pasó la vida; pero lo que no pasó fue aquel amor. Mi amor por vos. Mi amor por esa mujer fabulosa e inasible que encarnabas y que era absolutamente imposible de ignorar. Y la verdad, es que el hecho de que te hayas prodigado tan poco en las pantallas a través del tiempo, no hizo otra cosa que agigantar tu imagen en mi imaginación y en mis recuerdos. Para que fueras siempre así, joven, peligrosa, absolutamente divina, absolutamente atractiva, totalmente hechicera. Emma, dondequiera que estés ahora, ten la seguridad de que no vas a desaparecer. Si el olvido es la verdadera muerte, la anonadación, entonces no hay riesgo alguno para vos. Estarás conmigo siempre. Es un lugar común, lo sé, y seguro que lo escuchaste mil veces antes de mil voces diferentes, pero esta vez no se trata de una frase de ocasión. Estuviste siempre allí, te lo dije, y estarás por siempre jamás. Sos imposible de olvidar. Imposible de ignorar. Sos “la Mujer”. Ella. Todas. Mía.
No te digo adiós, Emma. Cuando Marlowe se enfrenta a ese hombre que fue su amigo y que creyó muerto, se niega a despedirse diciéndole “No te digo adiós. Ya lo hice antes. Cuando ‘adiós’ era triste, solitario y final”. Tenía razón. Me niego a que tu poderosa mirada —su recuerdo— me inunde de tristeza, soledad y abandono. Eso pasa con la muerte, y vos no estás muerta. Sos inmortal. Yo no, pero mi amor por vos sí. Para siempre. Que esta sí es una frase hecha, claro que lo sé, porque nada es para siempre, pero esta vez prefiero creer en la magia, en lo intangible. Saludos a Steed, Emma, que seguro estará feliz de haberse reencontrado contigo. ¿Qué otra mujer lo entendía como vos? Ninguna. Porque no hubo ni habrá ninguna como vos. Por eso no te digo adiós. Vos entendés. Hasta siempre.
Tuyo, como siempre,
Leo.-
Por LEONARDO L. TAVANI Calificación: Regular ★★ No invento nada nuevo, y de hecho decenas de críticos lo han dicho mejor y much...