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LA DESPEDIDA DE "STRANGER THINGS": ALGUNAS IDEAS


 

Por LEONARDO L. TAVANI

Calificación: Muy Buena ★★★★          

En lo que respecta al mundo del espectáculo hablado en inglés (y también en francés y alemán, por sumar dos muy potentes), a los críticos hispanoparlantes nos ocurre que tenemos que mencionar permanentemente a productores, guionistas y directores con una familiaridad por completo desmentida por múltiples variables, tales como la distancia geográfica, el hecho de que pocos entre nosotros se vuelven “cronistas” de algún medio importante, de modo que la mayoría en el oficio jamás viajó ni viajará a festival alguno ni tendrá la chance de reportearlos, más un largo etcétera. Y créanme, a veces siento que sonamos pedantes, como si afirmáramos cosas tales como “Lana Wachowsky, con quien el jueves pasado comí unas tapas en un coqueto bar barcelonés, me confió al oído tal cosa acerca de su próxima producción”. ¿A dónde voy con todo esto, entonces? Pues que me veo obligado a hablar largo y tupido acerca de los hermanos Duffer, y la verdad que ni yo mismo ni casi ningún otro colega (salvo excepciones) los conoce ni los vio de cerca una mísera vez en la vida. Puedo especular acerca de cuáles eran sus intenciones a la hora de crear Stranger Things, puedo marcar sus evidentes errores a partir de la tercera temporada (la ‘dos’ ya tenía algunos, pero se disimularon muy bien), y puedo certificar su bienvenido esfuerzo por reencauzar la serie en esta parte final de una temporada “mmuuuyyyyyy” desigual; pero sé sobre ellos tanto como afirma la siempre dudosa Wikypedia o cualquier otro sitio análogo. Si tengo que hablar acerca de Hal B. Wallis (1898-1986), verdadero factótum del poderío de la Warner durante la época de oro y luego, ya en su madurez, de la Paramount, es como si lo hiciera sobre mi tío Pepe. No tengo ni tuve ningún tío Pepe, me entienden, pero no hay que ser “historiador del cine” para sentir que uno conoció en carne y hueso a estas leyendas. Nací, y ya en la sillita para bebés de mimbre en que mi madre me colocaba, estaba frente al viejo televisor blanco y negro viendo desfilar Casablanca, El Capitán Blood, Alta Sierra y tantas otras surgidas de su pulso de productor ejemplar. Ni hacía falta bibliografía para saber y entender todo acerca de estas glorias del Hollywood dorado. Pero… ¿qué diantres sé yo acerca de los Duffer? ¿Cómo diablos me meto en sus cabezas para entender por qué tomaron tales decisiones y no otras? Solo puedo especular, en definitiva; y es lo que haré, aunque no me dan demasiadas ganas.

EL PINGÜINO – La Mejor miniserie Posible, al Servicio de unos Personajes trágicamente Shakespeareanos

 Por Leonardo L. Tavani

Calificación: Excelente ★★★★★

    Hablar acerca de El Pingüino (The Penguin, 2024; creada por Lauren LeFranc para HBO Max) representa todo un reto, no tanto por el trabajo profesional del crítico, sino fundamentalmente por todo lo accesorio a la misma tarea. Me explico: hace treinta años, o más incluso, los cuestionamientos a la marca de origen de esta miniserie hubieran pasado completamente desapercibidos. Los más fanáticos, como mucho, hubieran enviado cartas -me refiero a esos papeles escritos a mano o a máquina, que se metían en un sobre y se enviaban por correo postal, no sé si saben de qué hablo- a las cadenas televisivas, pero no mucho más. Hoy, internet mediante, surgió un monstruo voraz y, para colmo, sin cerebro: el fandom. De ahí a votar a Trump, un solo paso. Pero no me desviaré, disculpen. El problema vital al que se enfrentó El Pingüino desde antes de su estreno, consistió en la maraña y marea de comentarios, expectativas y discusiones sin sentido en las redes sociales, Youtube y demás cloacas virtuales. No me malentiendan. Soy un usuario entusiasta de Youtube, aunque me irriten sobremanera sus publicidades intrusivas (jamás, pero jamás, les pagaré un centavo por ver sin avisos, aunque se me retuerzan las tripas), pero selecciono muy bien lo que veo, por mucho que el algoritmo quiera engañarme. Pero eso de perder mi tiempo con un nerd imbécil, sentado en una de esas butacas para gamers, rodeado de muñequitos, navecitas y demás indicios de que su dinero se lo provee gente de mayor edad y responsabilidad, pues no, eso no lo hago ni muerto. Y esos pelmazos son, precisamente, los que critican una obra superior como esta por imbecilidades tales como "no aparece Batman", "no está el comisionado Gordon", "no parece Ciudad Gótica", "tal o cual cosa no aparecen en el cómic", etc., etc. Aunque con más tecnología a su disposición, es la misma clase de mamertos que, en febrero de 2002, salían espantados de los cines gritando "¡no está Tom Bombadil, por Dios!!!!", completamente ajenos a que durante las tres horas previas habían asistido a una obra maestra del séptimo arte (El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo; 2001, Peter Jackson). Okay, hoy sueno soberbio. Tal vez. Pero la chatura intelectual imperante asfixia a las personas de mi generación, quizás la última en tener una educación decente en este malhadado país. Y si no me creen, presten atención a los millares de sitios, notas o canales de streaming con el título "Final Explicado de..."; perdón, ¿pero desde cuándo hay que explicar los finales de nada? ¿los expectadores no son capaces de entender por sí mismos lo que ven? Bueno, para no extenderme en la queja amarga, pues a todo esto me refería al principio. Y además, a mis propios prejuicios, cómo no. Porque la verdad sea dicha, estoy harto, putrefacto, hastiado, saturado, embolado, asqueado -más un larguísimo etcétera- de tanto producto basado en los cómics de Marvel y DC. Podrido, más bien. Y como a DC (dueña de los personajes que nos ocupan) le ha ido tan mal en el cine (a Marvel, hoy día, le va asqueantemente igual, o peor), uno tenía ciertas prevenciones a la hora de "perder" cincuenta y tantos minutos de su vida con el piloto. Pues bien, NO LOS PERDÍ. Mejor que eso, en total han resultado ser las siete horas y pico mejor invertidas de mi vida. Les cuento por qué.

AMIA: Treinta Años a la Deriva

 

por Leonardo Luis Tavani        

Este es un sitio acerca de cine y series. Ustedes lo saben. Sin embargo, en ciertas situaciones y ante determinadas circunstancias, he traspasado los límites propios de este espacio para adentrarme en territorios menos felices. Algunos de esos artículos ya no están en el archivo del blog, ya que me pareció innecesario mantenerlos allí; otros, en cambio, aun resisten la tentación del olvido. Ignoro qué caprichos futuros decidirán la suerte del que está ahora frente a sus ojos, pero tengo la íntima necesidad de brindar mi posición acerca del luctuoso aniversario que hoy, jueves 18 de junio de 2024, conmemora el salvaje atentado terrorista que destruyó el edificio porteño de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) hace exactamente 30 años.

            No tengo nada nuevo que aportar, ni mucho menos original. Otras plumas, más inspiradas y comprometidas que la mía, lo han hecho antes y mejor de lo que jamás soñaría hacerlo. La cuestión no es la originalidad ni la brillantez en la polémica, sino la obligación moral de fijar una posición. Para asombro del mundo civilizado, el atentado más cruento en la historia sudamericana, este que se cobró 85 vidas de ciudadanos argentinos y más de 130 heridos graves, lleva treinta ignominiosos años de total, completa y repugnante impunidad. Tres décadas de encubrimientos desde el Estado, una Justicia Federal corrupta, impotente y manipulada hasta la náusea por los sucesivos poderes políticos, el homicidio del fiscal especial que mantenía con vida la causa (sí, homicidio con todas las letras), más la “abominación de la desolación” misma, la vomitiva firma del pacto de impunidad entre el gobierno corrupto de la igualmente corrupta ex presidente CFK y el estado terrorista de Irán, en cuyo seno se gestó, planificó, financió y ejecutó el atentado, utilizando para ello el brazo armado de Hezbolláh.

            Estos treinta años, al cabo de los cuales sabemos mucho (quienes, cómo y cuándo) pero no podemos probar casi nada, nos dicen todo —empero— acerca de nosotros mismos. Todo lo que no queremos ver ni escuchar. Podemos celebrar campeonatos mundiales de fútbol como verdaderos posesos, brindando un espectáculo entre patético y asombroso al resto del mundo, podemos habituarnos a convivir décadas con inflación descontrolada y regulaciones comerciales asfixiantes, así como con sindicalistas millonarios y prebendarios, empresarios que pagan sobornos a funcionarios estatales con tanta naturalidad como se afeitan, o presidentes de la Nación que le indican al resto del mundo cómo tienen que conducir sus asuntos internos mientras no ordenan en absoluto los propios. A todo eso nos habituamos como corderitos a la voz de su pastorcillo. Pero también nos acostumbramos a la asquerosa impunidad. A no reconocer que hay algo muy enfermo en una sociedad que no puede conducir con profesionalidad y aptitud una investigación judicial de índole medular.

             Nos acostumbramos, nos habituamos como al café, al apotegma que reza “en Argentina no tenemos cuestiones raciales ni de religión”, el que bien podría ser cierto si no fuera por una única y curiosa excepción, la que se topa de frente con la muralla que engendra la palabra “judío”. Tengo cincuenta y cinco años de vida, y no hay uno sólo en el que no haya habido profanaciones en el Cementerio Israelita de La Tablada o en otros similares; tampoco ha pasado ninguno de ellos sin que haya escuchado decir a alguien “judío de mierda” o criticado a comerciantes de la colectividad por sus aparentes “malas artes” en cuanto a su oficio; en ninguna de estas cinco décadas y media he dejado de soportar las incesantes críticas al Estado de Israel, el único laico, republicano y liberal de todo oriente medio, por intentar sobrevivir a vecinos armados hasta los dientes que quieren exterminarlo y borrarlo de la faz de la tierra. Incluso hoy día, en medio de la llamada tercera ola feminista, las sororas de género vernáculas hacen una mueca de disgusto y olvidan abrir la boca cuando las vejadas, violadas y masacradas son mujeres judías. Es más, nos reímos a carcajadas con Roberto Moldavsky y sus anécdotas del barrio de  Once, nos parece un gordito simpático y entrador, pero cuando se pone serio y habla del dolor causado por el brutal y genocida atentado perpetrado por Hámas en Israel el 7 de octubre de 2023, pues ya saben, leer los comentarios en las redes a esos dichos producen asco e indignación. Somos inclusivos, incluso generosos, pero selectivamente. Aquí somos todos iguales, pero algunos son más iguales que otros.

            Lo confieso, iba a abrir este artículo afirmando algo indecoroso acerca de mi condición argentina, pero comprendí al cabo que sería injusto con muchos conciudadanos honrados y libres de prejuicios, así como resultaría fatalmente petulante. En ningún lado se encuentra la pureza absoluta, en ningún país llueve agua bendita. Somos parte de una vasta tierra de santos y pecadores, y también de tibios. Pero a veces, cuando una tremenda injusticia mueve los cimientos de nuestras creencias, solemos reaccionar con lo más parecido a la justicia y la racionalidad. Pero para esta ínfima porción del globo que bautizamos Argentina, las cosas nunca son ni tan claras ni tan definitivas. Lo racional no siempre triunfa. La ética suele escurrirse de nuestras manos gastadas. Treinta aterradores años de impunidad merecen, apenas, un puñado de bienintencionados artículos de opinión, actos conmemorativos y discursos altisonantes, pero no nos impulsan a mirarnos honestamente en el espejo ni a preguntarnos por qué esa impunidad ha sido posible. Si el dolor, la muerte y la falta de Justicia no nos incomodan hasta hacer temblar los cimientos de nuestra identidad como nación, pues entonces no merecemos vivir como una.

            Este es un blog acerca de cine. En el cine conviven los sueños, una cierta aspiración de justicia, y —a veces— un claro optimismo acerca de nuestro futuro como especie. Quisiera creer que algún día esos conceptos se conjugarán en nuestra tierra y le brindarán algo de paz a los muertos que nos costaron el odio al pueblo judío y el encubrimiento sistemático. No soy optimista. Es más, estoy seguro que nunca habrá Justicia para los 85 muertos de la AMIA. El problema consiste, creo, en nuestra atávica incapacidad para la autocrítica, en nuestra persistente opción por creernos víctimas de un mundo supuestamente obsesionado por cortarnos las piernas, y en la autoindulgente mirada con que “blanqueamos” nuestros defectos más oscuros como sociedad.

            Treinta años sin final. Treinta años a la deriva. Treinta años repitiendo las mismas mentiras piadosas. Treinta años de soledad, silencios y mentiras. Treinta años que deberían darnos vergüenza.

                    

“LA BESTIA ESTELAR”: Doctor Who celebra su 60 aniversario recuperando toda la magia Perdida

Por Leonardo L. Tavani

Calificación: Muy Buena ★★★★

El sábado último regresó la mítica serie Doctor Who. Lo hizo con el primero de los tres episodios especiales que celebran los 60 años de historia de esta maravillosa saga de ciencia ficción, The Star Beast (La Bestia Estelar). Por cierto, al escribir “regresó” estoy queriendo decir mucho más de lo que indica el simple enunciado, ya que Doctor Who había sido “asesinada” por su último showrunner, el criminal Chris Chibnall, con la cómplice anuencia de BBC, por supuesto, cadena histórica que a contrapelo de su propia política descuidó uno de sus activos más señeros y amados. No les salió gratis, y amén de la progresiva pérdida de audiencia y la ya clásica y constante batalla del fandom en las redes, la compañía (que es estatal, pero con un inteligente sistema de asociaciones con capitales privados) comenzó a perder dinero con el envío. No podía durar, y luego de echar al anterior director de la cadena, se optó por un plan de renovación integral que incluyó —como no podía ser de otro modo— el relanzamiento con bombos y platillos de la serie estrella de la emisora. El hecho de que el a punto de fenecer año 2023 fuera el del sexagésimo aniversario del estreno de Doctor Who sirvió en bandeja el motivo del reboot. Si el especial del 50 aniversario, The Day of the Doctor (2013), había sido un evento de magnitudes bíblicas, estrenado además en cines y en 3-D, no podía esperarse menos de esta desesperada movida por resucitar la saga. Sería una serie de tres especiales protagonizados por la dupla más querida y añorada por todos, David Tennant y Catherine Tate, esta última de regreso en su entrañable rol de Donna Noble. Nada podía fallar, excepto que las últimas temporadas habían sido tan, pero tan desastrosas que muchos habíamos perdido la fe en la capacidad de la TARDIS por llevarnos de vuelta al universo de la imaginación. Así que sí, mucho podía fallar. No imaginan cuanto. ¿Y saben qué…? Pues…, nada falló. Okay, no será el nirvana de la serie, tampoco emulará los más electrizantes y dramáticos momentos que nos legara Steven  Moffat como guionista y showrunner, pero lo cierto es que The Star Beast nos devolvió al Doctor enterito y perfectamente reconocible. Al fin.

“INDIANA JONES Y EL DIAL DEL DESTINO”: La peor Despedida para un Personaje Legendario

Por Leonardo L. Tavani

Calificación: MALA

    Decadencia”. Esta es la palabra que se repite en mi mente cada vez que pienso en la vomitiva, atroz, espantosa y nauseabunda experiencia que implica padecer las dos horas y media de ese esperpento disfrazado de película titulado Indiana Jones y el Dial del Destino. Decadencia en todos los sentidos posibles y en todas las direcciones que se quieran tomar. Decadencia de la cultura general (vean si no cómo la elogian millares de usuarios de las redes y demás yerbas, así como numerosos críticos que parecen más hábiles a la hora de hablar sobre ‘running’ que acerca de cine…), decadencia de la otrora más poderosa industria cinematográfica (hoy un páramo yermo), decadencia de los propios miembros de dicha industria (si esto es lo que queda de James Mangold, del hombre que alguna vez dirigió Copland, e incluso Logan, pues mejor ahogarse en alcohol), decadencia de las grandes corporaciones y de los estudios que controlan (antes, como brillantemente mostró The Offer, también mandaba el dinero, pero hasta los tiburones de las finanzas se dejaban seducir por una idea y le daban luz verde a proyectos como El Padrino), decadencia —física y por qué no moral— de los últimos exponentes del antes llamado “star system” (¿cómo definir, si no, la decisión egoísta e insensata de Harrison Ford, permitiendo así que este esperpento exista? ¿Acaso necesitaba más dinero para comprarse una mesita de luz de mármol de Carrara?), decadencia de todo el gremio de guionistas —y de las universidades y los docentes que allí enseñan tal arte, hoy definitivamente perdido— quienes no pueden darle sentido ni contexto a una historia sin evidenciar que sus encéfalos están por debajo, evolutivamente, del de los asnos y los babuinos. Y por último, decadencia de todos nosotros, los mayores de 50 años que vimos estas joyas del cine en plena adolescencia y que así y todo, plenamente conscientes de que nos van a ofrecer estiércol, les obsequiamos nuestro laboriosamente ganado dinero a estos tránsfugas yendo a una sala de cine. O a una caja de zapatos XL, mejor dicho, ya que hasta eso nos han quitado: cuando pienso que vi Indiana Jones y el Templo de la Perdición en el viejo, original y maravilloso cine Gran Rocha, de la ciudad de La Plata, que tenía una pantalla gigantesca, un audio espléndido y una arquitectura portentosa, no puedo menos que aceptar que sí, que todo tiempo pasado fue irremisiblemente mejor.

"Quiero Bailar Con Alguien": Una mediocre y decepcionante aproximación a la vida de Whitney Houston

Por Leonardo L. Tavani

Calificación: REGULAR ★★

    Parece una ironía que este extenso período de casi cinco meses sin actividad en el blog (debido a una crisis de salud de un ser querido, concluida de la peor manera) se haya abierto con la crítica a una biopic, y que finalmente se cierre con otra (más allá del formato que las separa, dado que una fue una miniserie y la que nos ocupa una película en toda regla). Lo cierto es que Angelyne resultó una grata sorpresa, una feliz vuelta de tuerca a un género gastado y habitualmente complaciente, mientras que Quiero Bailar con Alguien (Whitney Houston: I Wanna Dance with Somebody, 2022) es una anodina y soporífera muestra de cómo instrumentalizar las tragedias personales de los artistas para seguir vendiendo y explotando aquello que bien hicieron en vida. Veamos.

"ANGELYNE" : Una Miniserie casi Perfecta y Una Actriz con un Rol Consagratorio

Por Leonardo L. Tavani

Calificación: MUY BUENA ★★★★


    Si cada episodio de serie que he visto a lo largo de mi vida pudiera canjearse por una milla de “viajero frecuente”, podría embarcarme tres veces seguidas hacia el planeta Neptuno sin tener que pagar un centavo. Y si hago la misma cuenta con las películas que vi, la Federación Unida de Planetas me entregaría la llave de la nave estelar Enterprise sin cargo alguno. Bueno, fantaseaba con estas tonterías unos días atrás, antes de disponerme a ver la miniserie Angelyne, que es una biopic en toda regla, justamente porque es un género del cual he llegado a agotarme de tanto exponente (adocenados, la mayoría) al que me he sometido. Pero, y siempre hay un ‘pero’ —sea para bien como para mal—, Angelyne acabó siendo una auténtica bocanada de aire fresco, una cruza de géneros y estilos que construye una narrativa y una estética personalísimas, y que atrapa al espectador desde la primera toma. Y que tiene, además, una poderosísima arma secreta: Emmy Rossum. Verla en la piel (literalmente, créanme) de la enigmática “proto influencer” de los años ‘80s es un espectáculo fascinante, adictivo e hipnótico. Rossum se adueña tanto del personaje autoinventado como de la persona real detrás del mito, y hace con ambos un constructo mágico y peculiar, poderosísimo en su polisemia y plagado de matices multidireccionales. La actriz y cantante de 36 años ha alcanzo, finalmente, el “nirvana”, su “Casablanca”, ese rol que algunos actores buscan por décadas y que nunca les llega. Arruinarlo, rebajarlo a mera macchietta, era una posibilidad cierta y un riesgo demasiado cercano, pero Emmy Rossum no sólo sale airosa del desafío, sino que transforma su actuación en una genuina lección de arte escénico. Más allá del profuso maquillaje y de las muchas capas de prostética necesarias para avejentarla, sorprende como la actriz logra entregarle carnadura y alma a su criatura sin caer jamás en la caricatura.

"EL SEÑOR DE LOS ANILLOS: LOS ANILLOS DE PODER" (episodios 1 a 3) Un Fiasco Decepcionante a la Espera de una Brújula

Por Leonardo L. Tavani

Calificación: REGULAR ★★

    Siempre es complicado cuando hay zapatos difíciles de llenar. Antes que nada y antes que todo está —estaba— El Señor de los Anillos, la monumental novela de John Ronald Reuel Tolkien (1892-1993), una obra superior, profunda, polisémica y sencillamente maravillosa. Como acaba de decir Chato en su canal de youtube (se trata de un ex ejecutivo y productor canadiense que trabajó años para ABC y luego para NBC, que utiliza este seudónimo para diseccionar con mucho humor a la industria audiovisual norteamericana), “siempre se dice ‘El Señor de los Anillos’ de Peter Jackson, pero la verdad es que deberíamos decir ‘El Señor de los Anillos’ de Tolkien”. Y es cierto. El neozelandés creó una trilogía de filmes superiores que ya han entrado por derecho propio a la historia grande del cine, pero todo su arte y todo su oficio serían nada si no estuviera Tolkien detrás. Es un director singular y por demás talentoso, pero cuando quiso traer al siglo XXI su filme favorito de la infancia, King Kong (1933), el resultado fue un completo fiasco. Sé que esta opinión no es ni mayoritaria ni popular, pero tampoco es una opinión, es el resultado del análisis serio de las cualidades cinematográficas de su remake de 2005, las cuales se echan en falta a lo largo de gran parte de su kilométrico metraje. Más nunca es mejor, y algo parecido le ocurrió con su siguiente trilogía basada en la breve novela El Hobbitt, alargada hasta la náusea para “llenar” tres filmes que superaron las 9 horas totales de metraje.

"SAMARITAN" : Una Película que Sorprende con Armas Nobles

Por Leonardo L. Tavani

Calificación: Muy Buena ★★★★

    Hay, por una vez, una buena noticia. Samaritan, el nuevo filme protagonizado por Sylvester Stallone, es muy pero muy digno. Quiero decir, en el panorama deplorable que exhibe el cine hecho en EE UU —el resto de países de habla inglesa no presenta tal decadencia en sus cinematografías— esta es una película que hace las cosas bien y se aplica en contar una buena historia y ambientarla con eficiencia. No es poco. Ahora, y como verán, siempre hay un pelo ensuciando al huevo: Samaritan podría, sin dudas, haber resultado todavía mejor si no estuviera imbuida de un clima de época, de un subtexto, que la atraviesa de cabo a rabo. Y ese subtexto, ese metamensaje, es el que provoca el hecho de contar con cerca de 25 años consecutivos de películas de superhéroes. Es demasiado. Y ya lo dije aquí mismo en varios otros artículos, este subgénero no es ni llega a ser (ni siquiera por aproximación…) el western contemporáneo. Eso lo dijo James Mangold, director de Logan (2017), en ocasión de su estreno. Estaba bien, era una manera de reivindicar el género al que se veía obligado a desembarcar debido a la escasez de oportunidades en Hollywood. Pero no es ni era cierto. El western implicaba una imago mundi con reglas amplias en la que convivían múltiples géneros, en muchas ocasiones más de uno por película. Thriller, drama, política, racismo, todo puede y podía suceder en su universo. El cine superheroico es y está limitadísimo, y para colmo no logra evitar clichés que lo asfixian cada vez más, tales como las historias de orígenes, una más calcada y aburrida que la otra.

“El Hombre Gris”: Cuando el presente del cine no es gris, sino Negro

Por Leonardo Tavani 

Calificación: Mala

    Podría decirles que estoy enojado, que lo estoy; podría contarles que estoy muy pero muy cabreado, que lo estoy; pero lo que en realidad debo transmitirles es que el cine de EE UU (porque “Hollywood” es hoy un eufemismo) está muerto. Muerto y enterrado. Vi, o más bien padecí, The Grey Man (El Hombre Gris), de los hermanos Russo (los tan sobrevaluados hermanitos Russo, que si siguen así acabarán peor que los otrora hermanos Wachowski, hoy hermanas), y la sensación de asco, abulia y mercantilismo vacío de contenido me causó náuseas. Créanme, estoy harto de que mis actuales 53 años de edad me resulten más una carga que un beneficio, porque ya no se trata de la típica nostalgia por los años de juventud o de esa petulancia tan porteña y tanguera, que vive reivindicando el pasado como un territorio mítico que siempre fue mejor, sino de la constatación amarga y taxativa de que ya no hay ni habrá nada bueno —o siquiera casi tan bueno— como lo que hubo ayer. El cine de acción, de fórmula, cumplía otrora con estándares fijos que nunca fallaban; podía gustarte más o menos el protagonista, o la peli podía ser de mayor o menor presupuesto, pero salvo esas gansadas clase “Z” que producía la Cannon Group de Menahen Golam y Yoram Globus, el resto era siempre una garantía de diversión y digna calidad. Aunque muchos se burlen de él en las redes, me encantaría que pudieran montarse a un imaginario De Lorean y viajar a 1985, para ver (como yo lo hice en La Plata) Código de Silencio (Code of Silence, de Andrew Davis), la mejor película de toda la carrera de Chuck Norris, que a él me refería. Policial urbano de pura cepa, los 37 años transcurridos desde su estreno no han hecho otra cosa que añejarla como a un buen vino. Intensa, seria, magníficamente escrita y aun mejor dirigida (Davis dirigiría unos años después El Fugitivo, con Harrison Ford, la mejor adaptación cinematográfica de una serie que se haya hecho jamás), es una muestra perfecta de la capacidad profesional y el eficaz maridaje entre pretensiones comerciales y logros artísticos.

THE BOYS tercera temporada: episodios 1 al 4. Cuando los planetas se alinean para brindar una propuesta genial


Por Leonardo L. Tavani

Calificación: Excelente ★★★★★

    Se podrían escribir tratados kilométricos acerca de las íntimas razones por las que adherimos a una obra de ficción, y aun así el tema apenas si estaría abordado en su superficie. Si la obra en cuestión es una serie de tevé (o lo que sea que eso signifique en tiempos de streaming), las complejidades serán incluso mayores. Las personas se mueven al vaivén de múltiples pulsiones y es difícil decir cuál de ellas prevalece por sobre otras. Por otra parte, en esta cultura líquida y obsesivamente autorreferencial que es el mundo 2022 discutir la validez del subgénero de superhéroes se ha tornado un imposible. Las infinitas ComicCon, las hordas de cosplayers que lo asaltan todo y la súbita proliferación de una subcultura que se basa en los cómics de superhéroes (desde video games hasta combos de hamburguesas con sus figuras), han consagrado quizás definitivamente su reinado sobre la cultura popular. Y como lo hemos dicho en decenas de otros artículos, tanto los grandes estudios de cine como las cadenas de tevé son hoy día parte importantísima de corporaciones empresariales que nada tuvieron que ver con el arte audiovisual en sus orígenes, y que siguen sin tenerlo incluso ahora que son sus propietarias. Estos holdings poseen medios porque son rentables, y si acaso no lo fueran también le serían útiles, fundamentalmente porque les garantizan controlar una parte del “relato”, o sea de la “opinión pública”, y eso por no citar que además les garantizan publicidad propia y a la carta. Un ejemplo de cada caso: Fox News (hoy propiedad de Disney) manipula asquerosa y repugnantemente la información de todo tipo para ensalzar a su amado Trump y defenestrar al partido Demócrata y al liberalismo en general; y CBS (propiedad de Sony, que también posee los estudios Columbia Pictures), utiliza su estructura para promocionar a los músicos de su sello discográfico, a los filmes del estudio e incluso a los dispositivos electrónicos de la empresa nipona. Como se ve, negocio redondo. Pero a lo que vamos, con todo esto, es que para estas corporaciones los medios audiovisuales sirven para diferentes propósitos que dejan a la industria puramente artística en total desventaja, última en sus agendas. Los superhéroes y los cómics de cualquier otro género son meras herramientas que garantizan audiencias, tickets vendidos, merchandising a granel, publicidad encubierta y —por qué no— manipulación del discurso de época introduciendo (fundamentalmente dirigida hacia la juventud) una astuta agenda de temas como el género y la sexualidad diversa, la ecología (pero sólo la aceptada por cierto “stablishment”) y todo aquello que hoy se adscribe a eso que lábilmente se llama “progresismo”. En definitiva, luchar contra todo esto es una causa perdida. Únete o piérdete.

La Muerte de James Bond: “Sin Tiempo Para Morir” o ‘Réquiem Para Los Nacidos en el Siglo XX’

Por Leonardo L. Tavani

    Les planteo lo siguiente: piensen en una longeva saga cinematográfica, muy lucrativa, que siempre ha despertado pasiones y cuyos filmes son estrenados alrededor del mundo con una regularidad que ya es legendaria. Ahora, y esto es importantísimo, recuerden que la saga de la que hablamos NO PERTENECE ni a la ciencia ficción, ni al género fantástico, ni al terror, ni mucho menos a los cuentos de hadas. O sea que en ella, si algún personaje muere —y mucho más su protagonista— NO VUELVE A LA VIDA EN ABSOLUTO. Los muertos, como en la realidad, muertos están. Entonces, resulta que ustedes van al cine a ver el último estreno de esta saga y llegados al final de la misma ocurre que el protagonista perece. Y no solo muere, sino que vuela en millones de pedacitos, ya que una ráfaga de misiles con “bombas racimo” le cae directamente encima. Es más, en un plano decisivo la cámara se coloca a menos de 35 grados del perfil de este hombre, tomándolo de cuerpo entero, de modo que podamos verlo en plenitud y asistamos a su ordalía. Y allí mismo, al tiempo que el tipo esboza una sonrisa de satisfacción por haber salvado a su mujer e hija, la onda de choque de las bombas arrasa con él en primerísimo plano. O sea, no hay dudas; no hay trampas tampoco. El tipo murió. Tanto, que ni cadáver ha quedado. Se vaporizó. Pues bien, el tipejo en cuestión era James Bond, agente 007 al servicio secreto de Su Majestad. O mejor dicho, era el impostor que había usurpado su nombre y número desde 2006. Y ojo, que nadie se llame a engaño: el hombre que lo interpretó hasta aquí, un tal Daniel Craig, es un actorazo; ni más ni menos. Él no tiene la culpa del atroz mamarracho que le hicieron protagonizar: le dijeron que ahora el espía era un sujeto torturado, autodestructivo y con tendencias suicidas, incapaz de permitirse vivir (cuestionándose todo el tiempo su calidad de asesino al servicio del Estado), y siempre dispuesto a sacrificar todas las cosas por las que vale la puta pena permanecer en esta roca que gira en el espacio. Y lo hizo maravillosamente bien, por cierto. Pero no me quiero ir de tema. Dije que el tipo murió, y punto. Sin embargo, los productores nos avisaron, como siempre, que “James Bond volverá”. No 007, que podría ser cualquiera (la propia Lashana Lynch, de hecho, que aquí interpreta a la nueva 007), sino el mismísimo James Bond. Y así es. Hace rato que están las negociaciones en marcha para elegir al nuevo actor que lo interpretará: Barbara Broccoli declaró hace meses que desea que Cary Fukunaga (director y coautor de este último latrocinio) vuelva a ponerse tras las cámaras del próximo film, y otras cosas por el estilo. Tampoco estará de más que les indique que Felix Leiter, agente de la CIA y posiblemente el único amigo genuino de Bond, también estiró la pata en No Time To Die. Sí señores. Muertito y enterrado. Bahhh, lo de enterrado es un decir, ya que su cadáver se fue hundiendo hasta el fondo del casco de un buque a punto de naufragar, y apenas unos minutos después, cuando el impostor Bond logra escapar y se monta a un improbable bote inflable (igualito al que usaba Bond, el verdadero, en el final de Operación Trueno / Thunderball, en 1965; otro de los ciento y pico de detallitos para fans que la cinta echa por ahí como migajas), dicho buque explota en mil pedazos, vaya uno a saber por qué. Así que tampoco quedan dudas con Leiter: si resucita es pura ficción. Como su amigo 007, que solo lo sobrevivirá media película más, no queda ni cadáver para clonar.

El Misterio de Soho (Last Night in Soho). Inteligente propuesta que se queda a mitad de camino

 

Por Leonardo L. Tavani

Calificación: Buena ★★★

    El Misterio de Soho (Last Night in Soho) es una película bifronte; aquella que imaginó su director y coguionista, Edgard Wright (Shaun of the Dead; Hot Fuzz; Baby Driver), y la otra, la que finalmente vio la luz este último jueves. La vara estaba muy alta porque el director, guionista, productor y actor británico tiene un don natural para la ironía y el sarcasmo, un estilo visual muy definido (junto a un sentido estético admirable, por cierto) y un confeso amor por la década de los ‘60s y su cultura. Si bien Cruella es una gran película (subvalorada por muchos, pero muy por encima de las expectativas generales), si Wright hubiera sido su director habría sido todavía mucho mejor. Es contra fáctico, lo sabemos, pero no deja de ser un juego especulativo perfectamente válido. Ahora bien, esta cruza entre thriller psicológico, giallo y horror metafísico ambientado en el mundo de la moda del Swingin’ London —Carnaby Street con toda su magia sesentona a la cabeza— debería explotar con toda su locura apenas pasado el primer acto, pero lo cierto es que nunca lo hace. O lo hace a medias, lo que es todavía mucho peor. Veamos por qué.

MALIGNO (MALIGNANT, 2021), de James Wan / Un Filme Bifronte y a la Deriva

         

 Calificación: Regular (★★)

    Existen dos formas de aproximarse a Maligno. Una de ellas consiste en partir desde el amor por el giallo italiano de los ‘60s y ‘70s (Lucio Fulci, Mario Bava y Darío Argento fueron sus mejores exponentes), cosechando además las mieles del horror trash de los ‘80s (Reanimator; The Evil Dead; Hellraiser; Brain Dead; Castle Freak, etc.); la otra resulta menos lineal y obvia, y se trata de entender al filme desde el gótico moderno y el cruce de géneros. Ambas son válidas, aunque la primera —que a priori sería la correcta— no reúna todas las condiciones suficientes para explicar la cinta; pero el problema que se nos presenta entonces es que Malignant no acaba de encajar completamente en ninguna de esas categorías ni logra triunfar por completo allí donde se lo propone.

“CRUELLA” – Duelo de Emma’s en una Cinta Que Da en la Diana

Por Leonardo L. Tavani

Calificación: Muy Buena + (★★★★1/2)

    Criticar debidamente a Cruella es todo un desafío, no tanto por el filme en sí mismo, sino más precisamente por todas las razones extra cinematográficas que empañan su decurso. Quiero decir: Cruella arrastra desde el vamos toda una galería de prejuicios —válidos algunos, no tanto otros— que obran a modo del bosque que oculta al árbol. El primero de ellos, Disney. Sí, Disney. Se lee y se escucha en todos lados que la compañía ‘nos tiene cansados con reversionar sus filmes clásicos en “live action”’, ‘que ya agota su empeño por lavarle la cara a sus villanas para hacerlas más políticamente correctas’, ‘que nos tiene podridos con su falta de audacia y originalidad’…. ¡Y que patatín y que patatán! Bueno “muchaches”, el que está podrido soy yo, qué quieren que les diga… Disney empresa es —y nunca dejará de serlo— lo que todos ya saben y conocen al dedillo, y si tanto ansían que cambie entonces ganen dinero, viajen a EE UU, infíltrense en la industria de Hollywood y compren toneladas de acciones de dicha empresa. Otra manera no se me ocurre. El cine yanqui es, hoy día, esta bazofia que vemos en pantalla (con honrosas excepciones, se entiende…), y Disney solo hace aquello que lleva inscrito a fuego en su ADN estructural y nada ni nadie le impedirá hacerlo. Tomémoslo o dejémoslo. Muchos de entre los que tanto se quejan son incapaces de dedicarle una horita a otras cinematografías: afirman a gritos que el cine francés es aburrido, que el cine italiano no existe, que el cine coreano no se entiende una mierda… ¡y más patatín y más patatán! O sea, viven a las puteadas, pero se estrena “Capitán América Parte 16” y corren a verla antes de cepillarse los dientes. Entonces, ¿y si vamos despacito y por partes, y le damos una chance a cada producto sin tanto prejuicio delirante?

“En La Zona Gris (In The Grey)” – Un Guy Ritchie que olvidó cómo hacer Cine.

  Por LEONARDO L. TAVANI Calificación: Regular ★★      No invento nada nuevo, y de hecho decenas de críticos lo han dicho mejor y much...